Mientras les diera suficiente dinero, sabía que mantendrían la boca cerrada.
Ivana forcejeaba con desesperación, y la silla bajo ella producía un chirrido estridente al arrastrarse por el suelo.
William soltó una risa ahogada, le levantó el rostro con la mano y dijo:
—Eres tan hermosa... Esta noche serás mía.
«Serás mía».
«...recuerda que eres mía. Si no lo recuerdas, la próxima vez te lo tatuaré en el cuerpo...».
Ivana se odió a sí misma. ¿Cómo podía distraerse y pensar en ese hombre en un momento como este?
Cuando esa mano, con su olor desconocido, desabrochó el primer botón de su blusa, sintió un contacto helado, como si una serpiente venenosa se deslizara lentamente sobre su piel.
—¡Suéltame! ¡Alguien! ¡Ayuda! ¡Que alguien me ayude!
Gritó hasta quedarse ronca, con la esperanza de que alguien viniera a rescatarla.
Pero en la espaciosa suite, nadie respondió.
Las habitaciones estaban perfectamente insonorizadas y, fuera de la puerta, dos guardaespaldas altos y corpulentos montaban guardia.
En ese momento, Nelson venía de la cafetería por el pasillo VIP, de acceso restringido.
Por eso, le llamó la atención ver a dos guardaespaldas de pie frente a una de las habitaciones.
Sin embargo, solo les echó un vistazo y siguió su camino sin darles mayor importancia.
Pero al pasar junto a la puerta, un ruido proveniente del interior lo hizo detenerse.
—¿Quién está ahí dentro?
Los guardaespaldas también eran extranjeros. Estaban a cargo de la seguridad de William, por lo que evitaban causar problemas. Además, el hombre que tenían enfrente vestía de forma impecable y tenía una expresión gélida.
Además, estaban en un país ajeno, así que uno de ellos sacó una identificación de la embajada.
Pero en el breve instante que se detuvo, el alboroto dentro de la habitación no cesó.
Justo cuando Nelson iba a preguntar qué sucedía, la voz de Yadira lo distrajo desde atrás.
—Nelson, ¿qué haces aquí?

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