Sin embargo, pensaron que esa discípula era bastante maleducada. Siendo el cumpleaños de su maestro, ¿no debería haber sido la primera en llegar para felicitarlo?
Ya todos habían pasado a saludar y de ella ni sus luces.
Betina también buscaba a Almendra. Después de todo, ya era hora de que apareciera.
¿O sería que Almendra, al enterarse de que Don Cristóbal no aceptaría más alumnos, tuvo miedo de ser rechazada y hacer el ridículo con su identidad de «El Maestro Sol Negro»?
Seguro era eso.
¿No se daba Almendra siempre aires de grandeza?
Si el famoso «Maestro Sol Negro» intentaba ser alumno de Don Cristóbal y lo rechazaban, ¡todos se burlarían de ella!
Con eso en mente, le susurró a Frida:
—Mamá, ya casi todos terminaron de saludar. ¿Por qué mi hermana y sus amigos no se acercan? El banquete va a empezar pronto.
Frida asintió.
—Yo también la estoy buscando.
—Mamá, ¿por qué no le llamas? Tal vez fue al baño con sus amigos.
—Tienes razón, Betina, siempre tan considerada.
Frida pensó que Betina realmente se preocupaba por Almendra, así que sacó su celular y llamó a su hija.
La llamada se conectó rápidamente. Frida dijo con voz suave:
—Alme, ¿dónde estás tú y tus amigos? Todos están saludando a Don Cristóbal.
Almendra respondió con un simple «Mjm».
—Vamos para allá.
—Está bien.
Al colgar, Frida sonrió:
—Almendra ya viene.
Betina apretó los dientes disimuladamente. «En un momento voy a hacer que pases una vergüenza monumental», pensó.
Don Cristóbal, al no ver a Almendra, estaba a punto de sacar su celular para llamarle.
De pronto, una figura familiar entró en su campo de visión. Sonrió al instante, con los ojos llenos de cariño paternal.
—¡Alme, por fin llegas! ¡Te estaba esperando!

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