Rosa no podía evitar pensar si la repentina investigación contra Santiago tenía algo que ver con el hecho de que su coche particular hubiera aparecido en la Universidad Médica La Concordia hacía un par de días.
Kian, con cara de sufrimiento, comentó:
—Esta noche mucha gente de nuestro departamento va a ir a casa de los Tapia para felicitar a Dante. ¿Qué hacemos nosotros?
Por un momento, el ambiente se tornó extrañamente silencioso.
Las imágenes de lo ocurrido el Día de Muertos en casa de los Tapia seguían frescas en la memoria. Ir ahora... ¿no sería como poner la otra mejilla para que se la volvieran a abofetear?
Rosa lo pensó detenidamente y sentenció:
—Iremos.
—¿Ir? —preguntó Kian, incrédulo.
Su resistencia interna era enorme. Iba a ir mucha gente del trabajo; si veían que los Tapia lo trataban mal o lo ignoraban, ¿con qué cara iba a seguir mandando en la oficina?
Isidora también frunció el ceño, mostrando su desagrado:
—Pero si la última vez terminamos peleados con ellos. Ir ahora sería muy humillante, ¿no?
Además, habría gente externa. Si iban y no eran bien recibidos, la vergüenza sería doble.
Rosa le lanzó una mirada a Kian.
—Si todo el mundo va y tú no, ¿no le estarías diciendo a todos que tienes problemas con tu cuñado, el nuevo Secretario? De ahora en adelante, ¿quién te va a respetar en el departamento?
Kian guardó silencio al escuchar eso.
Rosa continuó:
—Esta noche habrá mucha gente. Llevaremos buenos regalos, haremos acto de presencia y cumpliremos con el protocolo. Así, cuando los demás lo vean, seguirán tratando de quedar bien contigo, el cuñado del jefe.
Al oírlo, Kian sintió que Rosa tenía razón.
Sin embargo, le preocupaba algo más: ¿Y si Dante y Marisol decidían humillarlo deliberadamente frente a todos?
Ella era la que estaba felicitando, ¿por qué terminaba hablando de Almendra otra vez?
Luis también puso cara de víctima:
—Papá, todos sabemos que la prima Almendra es una crack, pero cuenta con los dedos... De todos los juniors y señoritas de la alta sociedad de La Concordia, ¿hay alguien que sea tan bestial como ella?
Luis estaba sacadísimo de onda.
Hoy, toda la familia había estado esperando a que Dante regresara, pero en cuanto llegó, sin decir «agua va», agarró a su propio hijo y le puso una regañada monumental. Le dijo que era un inútil, que no tenía futuro, que no le daba orgullo a la familia y no sé qué más.
Y por si fuera poco, le anunció que a partir de hoy lo iba a poner en cintura. Ah, y que tenía que hacer el examen para entrar al gobierno y servir al país.
Luis sospechaba que a su viejo, después de tres días encerrado por el equipo de investigación, se le había botado un tornillo.
Dante resopló:
—¡No te pido que seas ni la mitad de bueno que Alme! ¡Con que fueras una tercera parte de lo que es ella, ya sería un milagro divino para el apellido Tapia!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada