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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1098

Todos soltaron una carcajada.

Frida intervino:

—Hermano, Alme y Fabián están muy bien, no andes de casamentero.

Dante puso cara de resignación.

—Si a Alme le gusta, ya no puedo hacer nada. Qué suerte tiene ese canijo de Fabián.

Betina pensó: «¿Así de fácil aceptó? ¡Me emocioné para nada!».

Poco después, empezaron a llegar los invitados a la casa de los Tapia.

A Almendra no le gustaban las multitudes y Luis tampoco quería ir a hacer relaciones públicas, así que se llevaron a Almendra a un lugar apartado con la excusa de pedirle consejos sobre el examen.

En realidad, Luis arrastró a Almendra a un pequeño kiosco detrás de la rocalla del jardín para jugar videojuegos y desahogarse a gusto.

—Prima, yo no nací para ser godínez. ¿Qué trauma le quedó a mi papá de esos tres días encerrado para que ahora me obligue a entrar al gobierno? ¡Me voy a volver loco!

Almendra miraba su pantalla y respondió con voz calmada:

—¿Cómo sabes que no sirves si no lo intentas?

—Yo solo quiero correr coches, aplastar a Mauricio en la pista y luego heredar el grupo de mi mamá para ser empresario. ¿Qué tiene de malo ser libre?

Almendra miró de reojo a Luis.

—¿Le ganaste a Mauricio?

Luis se sintió un poco avergonzado.

—Si fuera un mano a mano, le gano fácil. El problema es que mis compañeros de equipo son unos mancos, unos inútiles. Necesitamos practicar más.

Almendra se quedó callada.

—Y hablando de ti, todavía no te casas con los Ortega y ya tiras para su lado. ¡Si no fuera porque tú entrenaste a Mauricio, ese güey no me ganaría ni en otra vida! ¡Es más inútil que yo!

Almendra murmuró:

—No lo subestimes. Él es agente federal.

—¿Qué? —Luis creyó haber escuchado mal.

Almendra lo miró fijamente.

Ambos arquearon las cejas al mismo tiempo. Era la voz de Isidora.

—Isidora, de verdad me gustas. Además, nuestra boda representa la unión de dos familias. Sin la ayuda de los Corral, ¿cómo va a enfrentarse tu tío a los Ortega y a los Tapia?

Al escuchar esto, Luis articuló un insulto en silencio: «¡Qué cabrón!».

¿Venir a decir esas cosas a su propia casa? ¿Tenían aserrín en la cabeza?

Almendra frunció el ceño. Esa voz... era el prometido no oficial de Isidora, ¿Osiel Huerta?

Isidora miraba al chico frente a ella echando humo por las orejas.

—¡Osiel! ¿Crees que mi tío no puede hacer nada sin los Corral? ¡Bájale a tu ego! Mírate en un espejo, ¿crees que un perdedor como tú me merece?

Osiel nunca imaginó que la chica que le gustaba pudiera decir cosas tan hirientes.

—Isidora... tú...

—Ya te lo dije, no me gustas, ¡eres tú el que insiste en pegárseme como chicle! Ah, por cierto, ahora que los Corral trabajan bajo las órdenes de mi tío, más les vale portarse bien. Si no, ¡le voy a contar a mi tío lo que acabas de decir!

—Pero tu tío todavía está bajo investigación. ¿Estás tan segura de que en el futuro no necesitarán a la familia Corral? —le recordó Osiel.

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