El poder de la familia Huerta estaba por encima del de la familia Vargas. Si ese matrimonio se concretaba, él ya no tendría que aguantar la mala cara de Santiago todos los días.
Si se convertía en el suegro de Osiel, los Huerta tendrían que tratarlo con respeto. ¿No sería eso bueno?
Santiago estaba demasiado arrogante últimamente y cada vez tomaba menos en cuenta a los Vargas. Kian, naturalmente, quería fortalecer a su propia familia para no tener que soportar los desaires de nadie.
¡Especialmente los de la familia Tapia!
Esta noche los Tapia se habían pasado de la raya.
Él había ido con buenas intenciones y regalos costosos para felicitar, y Dante ni siquiera lo peló; lo ignoró toda la noche como si fuera aire. ¡Era para morirse del coraje!
Isidora no podía creer que, estando tan triste, sus propios padres insistieran en que se casara con Osiel sin importarles cómo se sentía.
—El tío quiere que me case con los Huerta para que lo ayuden a él, ¿no? Ahora que ya consiguió el puesto que quería, ¿para qué necesita a los Huerta? De todos modos, ¡no me voy a casar con Osiel! ¡Cásense ustedes si tanto quieren!
Kian también se desesperó.
—Isidora, ¿Osiel te hizo algo malo? ¿Por qué lo odias tanto?
Isidora resopló:
—¡Es un inútil! ¡No me voy a casar con él! Deberían ir a preguntar a la Universidad La Concordia; todos hablan a sus espaldas diciendo que es el «encuerado de la uni». Si a ustedes no les da vergüenza, ¡a mí sí!
Rosa suspiró resignada:
—Pero eso lo hizo por ti, Isidora. Ya sabes que Almendra es astuta y tramposa, ninguno de nosotros es rival para ella, mucho menos Osiel. Osiel es un buen chico, ¡no sigas cometiendo errores!
Isidora apretó los dientes:
—¡Pues no me voy a casar con él y punto!
Dijo eso molesta y volteó hacia la ventana; en el cristal pareció reflejarse un rostro apuesto y amable.
***
Al terminar la fiesta, Almendra no regresó a casa con su familia.
—Papá, mamá, adelántense ustedes. Eva me busca por un asunto, voy a verla.
Betina no creía ni por un segundo que Almendra fuera a ver a Eva Corral; más bien pensaba que Almendra iba a aprovechar que Fabián Ortega no estaba para verse con algún amante a medianoche.
Estaba segura de que Almendra no tramaba nada bueno saliendo tan tarde. En cuanto llegaron a la casa de los Reyes, Betina llamó de inmediato a Liliana Rosales.
Liliana andaba de buen humor últimamente. Para espantar la soledad, esa noche había contratado a un gigoló.
Como Ulises Borrero, el que le salía gratis, estaba en la cárcel, ella quería probar nuevos sabores.
De todas formas, ella era cliente frecuente del lugar.
Justo cuando estaba en lo mejor, sonó el celular en la mesita de noche con el tono asignado a Betina.
Si fuera cualquier otra persona, Liliana ni se molestaría en contestar, pero siendo Betina a esas horas, seguro había pasado algo.
Empujó al hombre joven y musculoso que tenía encima:
—Amor, tengo que contestar.
El hombre dejó caer su peso, haciendo que a Liliana se le escapara un gemido.
—Liliana, si tienes fuerzas para contestar el teléfono en este momento, ¿es que no me estoy esforzando lo suficiente?

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