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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1108

Israel tenía la cabeza hecha un lío.

Tras escuchar a Almendra, la miró y preguntó:

—¿Ni siquiera a mis papás?

Almendra asintió:

—Así es, al menos no por el momento. Cuanta más gente lo sepa, mayor es el riesgo de que se descubra todo.

Israel se agarró la cabeza con desesperación, revolviéndose el cabello, y luego miró a Almendra:

—¿Y Camila? ¿Crees que a ella también la cambiaron?

Almendra frunció el ceño.

Cierto, ¿por qué no revisó a Camila también?

—No descarto la posibilidad. En fin, vigila sus movimientos, pero que no se den cuenta. Si no, las cosas se pondrán mucho peor.

Israel sentía un peso en el pecho como nunca antes.

—Está bien —asintió.

Al salir de la mansión de la familia Lara, Eva sentía que seguía en una pesadilla.

Miró a Almendra y soltó de la nada:

—Oye, ¿crees que debería ir a checar a mi abuelo también?

Almendra alzó una ceja:

—¿Tu abuelo se ha comportado raro?

—Por ahora no.

Luego le preguntó a Almendra:

—¿Y el tuyo?

Almendra hizo una pausa, pero no contestó:

—Tengo sueño, vámonos a dormir.

Eva suspiró, miró la hora y vio que ya eran casi las dos de la mañana.

—Bueno, bueno, ya es tarde. Cada chango a su mecate.

—¡Ay! —gritaron de dolor.

Almendra no les dio respiro. Avanzó, agarró a uno por el cuello de la camisa y lo levantó del suelo como si fuera un trapo.

—¿Quién los mandó? ¿Por qué nos toman fotos? —Su voz era gélida y su mirada era tan letal que helaba la sangre.

Eva llegó corriendo y pateó al otro que intentaba escapar, plantándole el pie en el pecho:

—¿Se atreven a tomarle fotos a su patrona? ¿Se quieren morir o qué?

Los tipos sabían pelear un poco, pero ¿quién iba a imaginar que Almendra fuera tan letal?

En un segundo los había desmontado y dejado medio muertos.

Al ver que no hablaban, Almendra tiró al sujeto al suelo como si fuera un costal de papas y le soltó dos patadas sin piedad.

Los gritos de dolor resonaron de nuevo.

—¡Hablen! —exigió Almendra con dureza.

—Fue… fue Liliana… Ella nos dijo que la siguiéramos, que tomáramos fotos de todo lo que hiciera y se las mandáramos… —confesó uno, temblando de miedo.

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