Almendra soltó una risa fría:
—¿Fue ella?
Eva chasqueó la lengua:
—¿Con qué numerito va a salir ahora esa mujer?
Almendra los revisó rápidamente y encontró sus celulares.
Con destreza, desbloqueó los aparatos, borró todas las fotos y mensajes comprometedores, y se guardó los dispositivos en el bolsillo.
Liliana y Betina siempre habían estado en contacto. Recordando lo que Betina dijo al salir de la casa de los Tapia, Almendra entendió que esto tenía todo que ver con su «hermana» postiza.
Pero tenía que investigar si estos dos tenían alguna relación con la organización de Las Serpientes.
Si resultaban ser de Las Serpientes, la noche habría sido muy productiva.
Almendra miró a Eva y dijo con calma:
—No vamos a casa. Vamos a la comisaría.
Eva asintió de inmediato:
—¡Va! De todas formas no quería llegar a mi casa ahorita.
***
Liliana, en su departamento, esperaba noticias, pero pasaba el tiempo y no recibía nada.
Miró el reloj; eran las tres de la mañana. Llamó, pero nadie contestó. Llamó otra vez, y lo mismo.
Frunció el ceño, sintiendo una inquietud creciente.
Estaba confundida cuando, de repente, golpearon la puerta. El corazón le dio un vuelco y un mal presentimiento la invadió.
Apresurada, buscó el celular con el que se comunicaba con Álex. Quería esconderlo, pero temía que lo encontraran, así que, en un acto de desesperación, lo arrojó por la ventana.
Si destruía el celular, nadie sabría de su conexión con Álex.
Apenas se deshizo del aparato, la puerta se abrió de una patada: era Almendra.
Entró acompañada de los dos tipos, que venían esposados por la policía.
—Almendra… tú… ¿qué hacen entrando a mi casa a estas horas? —balbuceó Liliana.
Jamás imaginó que esos inútiles no solo fallarían, ¡sino que los atraparían y la delatarían!

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