Liliana no esperaba que Almendra actuara tan rápido; sentía la garganta seca de la angustia.
Miró a Almendra con súplica:
—Señorita Almendra, me equivoqué, de verdad lo siento. Pero esto no tiene nada que ver con la señorita Betina. ¡No deje que la policía se la lleve! Al final de cuentas, ella es su hermana ahora, ¿no?
Almendra arqueó una ceja:
—¿Hermana? Si ella me considera su hermana o no, tú lo sabes mejor que nadie.
Liliana se quedó muda.
Sabía que Almendra era hueso duro de roer.
***
En la mansión de la familia Reyes.
Betina tenía mucho sueño, pero las cosas que tenía en la cabeza no la dejaban dormir. Daba vueltas en la cama sin parar.
Revisaba el celular una y otra vez, pero no llegaba ningún mensaje de Liliana.
Además, estaba atenta a los ruidos de afuera y no había escuchado que Almendra regresara.
¿Así que Almendra planeaba pasar la noche fuera con algún hombre?
Ojalá la gente de Liliana sirviera para algo y consiguiera muchas fotos de Almendra revolcándose con cualquiera. Así, Almendra estaría acabada.
Cuando el señor Esteban y Fabián vieran esas fotos indecentes, jamás permitirían que Almendra se casara con alguien de la familia Ortega.
Mientras más lo pensaba, más feliz se sentía; hasta se le escapó una risita.
Pero la imaginación vuela y la realidad te estrella contra el suelo.
Mientras fantaseaba con la caída de Almendra, escuchó el motor de un coche abajo.
Pensó que era Almendra regresando, así que saltó de la cama y fue de puntitas a la ventana.
Bajo la luz de la luna, vio bajar a varios uniformados de una patrulla.
Su sonrisa se congeló al instante. Un mal presentimiento la golpeó, y asustada, soltó la cortina y corrió hacia la cama.

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