Las pupilas de Betina se contrajeron violentamente. Jamás imaginó que las palabras de expulsión saldrían de la boca de Frida.
—Mamá, no… no me corras. Soy su hija, su consentida.
»Tú y papá dijeron que no importaba qué tan grande fuera mi error, siempre me perdonarían.
»Yo solo… solo estaba preocupada por la seguridad de mi hermana. Mandé gente a ver cómo estaba, ¡no quería hacerle daño!
Al ver a Betina llorando y tratando de justificarse de esa manera, Frida negó con la cabeza, aún más decepcionada.
—Con todas las pruebas en tu contra, ¿todavía te niegas a decir la verdad? ¿Hasta dónde piensas decepcionarnos?
¡Betina sentía que iba a estallar de odio!
Lo odiaba todo.
¡Los odiaba a todos, incluida a Liliana!
Si Almendra no hubiera descubierto a la gente que contrató Liliana, las cosas no habrían llegado a este punto esta noche.
Todo era culpa de esa mujer. Decía que quería lo mejor para ella, ¡pero siempre arruinaba todo!
El resentimiento de Betina hacia Liliana creció de golpe. En su desesperación, gritó entre lágrimas:
—¡Hablaré! ¡Fue Liliana! ¡Fue ella! Ella me manipuló. Como la corrieron de la casa por culpa de mi hermana, le tiene un odio a muerte. Ella me contactó primero.
»Papá, mamá, fue ella quien sembró cizaña entre nosotros. Ella lo hizo todo. Yo sé que me equivoqué al escucharla, lo sé de verdad…
»Si no me creen, que la policía la interrogue. ¡Todo fue obra suya!
En ese momento, el oficial que salía de la sala de interrogatorios de Liliana se paró en la puerta con la declaración en la mano y les hizo una seña.
Simón y Frida salieron acompañados por un agente.
—Esta es la declaración de la señora Liliana. Véanla.


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