Tras decir aquello, Arturo se dio la media vuelta y caminó hacia su coche. El rugido del motor rompió el silencio de la noche y el vehículo desapareció rápidamente de la vista de Isidora.
Ella se quedó ahí, plantada en la acera. El viento nocturno hacía susurrar las hojas de los árboles, pero no lograba apagar el zumbido que resonaba en sus oídos.
La luz de la luna alargaba su sombra solitaria. En ese momento, su rostro, perfectamente maquillado, se contorsionó en una mueca de rabia; su orgullo habitual se había esfumado, dejando solo resentimiento.
De repente, sacó su celular, buscó la foto que le había tomado a escondidas a Almendra en el restaurante y, con una mirada llena de malicia, la envió.
***
A la mañana siguiente, Almendra dormía profundamente cuando unos golpes en la puerta la despertaron.
—¿Alme? ¡Alme!
Era la voz de Frida, y sonaba bastante alterada.
Almendra, sin saber qué pasaba, se sentó en la cama con esfuerzo, se frotó las sienes y fue a abrir.
—Mamá, ¿qué pasa?
Frida, visiblemente angustiada, le puso el celular frente a la cara.
—Alme, mira esto. ¡Alguien se atrevió a inventar chismes sobre ti! Tu papá ya mandó gente a investigar.
Almendra enfocó la vista y un titular sensacionalista la golpeó de lleno: «LA ALUMNA DE EXCELENCIA EN CITA NOCTURNA CON HOMBRE MISTERIOSO».
Frunció el ceño y deslizó el dedo por la pantalla.
La foto la mostraba a ella comiendo con la cabeza baja. El ángulo era muy tramposo: su rostro se veía claramente, pero de su acompañante solo se distinguía una silueta blanca y borrosa.
Más abajo, la sección de comentarios era un campo de guerra. Las opiniones tóxicas brotaban como agua de alcantarilla.
[¡Esa clase de gente no merece ser la número uno! La universidad debería investigarla, no vaya a ser que corrompa a los demás.]
Lo aterrador del ciberacoso es que permite que una turba de desconocidos ataque sin piedad basándose en información incompleta.
Esos cobardes se esconden tras sus pantallas, sin consecuencias, escupiendo su veneno, mientras la víctima soporta una presión brutal.
Frida estaba roja del coraje:
—¡Vamos a rastrear las IP de todos estos infelices y haremos que paguen por lo que dicen!
—Mamá, pero primero habría que preguntar quién es el hombre con el que cenó mi hermana anoche, ¿no? —interrumpió Betina, apareciendo detrás de Frida con un tono de burla mal disimulado.
Frida también quería saber quién era, pero el tono de Betina le molestó.

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