—¡Esa gente en internet tiene aserrín en la cabeza! —exclamó Frida—. Alme estaba sentada en el área general, a la vista de todo el mundo. Que hablen así solo demuestra que tienen el corazón podrido; piensa el ladrón que todos son de su condición.
Al ver la foto, Almendra supo de inmediato que era obra de Isidora.
Los celos románticos son peligrosos. Difundir rumores sin pruebas… Jaja, esa Isidora necesitaba una lección. Si no, seguiría creyendo que puede hacer lo que quiera solo por tener a Santiago como tío.
Betina torció el gesto al escuchar a Frida. Odiaba perder la oportunidad de pisotear a Almendra.
«Papá y mamá son unos parciales», pensó. Si hubiera sido ella la del escándalo, ya la estarían regañando. Pero como es su hija biológica, resulta que la culpa es de los internautas. ¿Acaso la foto es falsa?
—Mamá, yo también creo que mi hermana no es esa clase de persona —dijo Betina con falsa inocencia—, pero ¿quién es ese hombre? ¿Por qué cenaban solos?
Por dentro, Betina estaba que saltaba de gusto. Sabía que Almendra no andaba en nada bueno. ¡Ahora todo el mundo lo sabía! Quería ver qué excusa ponía. Y mejor aún, ¡que Fabián Ortega viera la clase de joyita que era su prometida!
Sentía que su futuro brillante estaba a la vuelta de la esquina. Fabián botaría a Almendra y la familia Ortega la rechazaría.
En ese momento, Helena, la empleada doméstica, subió a avisar:
—Señora, la señora Zúñiga y el joven Arturo están abajo. El señor Reyes pide que bajen usted y la señorita Almendra.
Betina frunció el ceño. ¿La señora Zúñiga? ¿Esa mujer altanera que mira a todos por encima del hombro? ¿Qué hacían aquí? Su instinto le decía que esa visita no traía nada bueno para ella.
Frida asintió y miró a Almendra.
—Me lavo la cara y bajo enseguida —dijo Almendra.

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