Ante el cuestionamiento de Esteban, la cara de Yago cambiaba de color del puro coraje, y las venas de sus manos se marcaban al apretar los reposabrazos de la silla de ruedas.
Don Esteban notó el cambio en su expresión y añadió:
—Yago, Betina es una chica sensata. La familia Reyes la ha criado con esmero durante dieciocho años y ella sabe ser agradecida. Además, ustedes siempre la han tratado como a una hija propia. ¿No sería mejor publicar la verdad tal cual es? ¿Por qué usar una mentira para tapar otra y obligar a todos a ser cómplices?
La expresión de Yago se volvió aún más sombría.
—¡Precisamente porque consideramos a Betina como una hija de los Reyes es que no queremos que la gente la mire raro, pensando que no es de nuestra sangre y que vale menos!
Ese «vale menos», naturalmente, iba dirigido a Almendra.
En resumen, quería que todo el mundo creyera que tanto Betina como Almendra eran hijas biológicas de los Reyes, con el mismo estatus.
La señora Zúñiga, al escuchar esto, soltó una risa:
—Voy a ser franca: la señorita Betina ya ha disfrutado de una vida que no le correspondía. ¿Por qué se empeña tanto, don Yago, en hacerlas pasar por gemelas? ¿No es eso engañarse a sí mismo?
Don Esteban miró entonces a Simón y a Frida:
—Simón, ¿ustedes también piensan así?
Esteban ya lo tenía decidido. Si el matrimonio también estaba de acuerdo con esa farsa, la familia Ortega no ayudaría a encubrir la verdad. En ese caso, anunciarían públicamente que Almendra era la prometida que habían pactado para su familia desde antes de nacer. ¡No permitirían que nadie cuestionara a Almendra!
Simón y Frida nunca habían pensado de esa manera; sabían que eso sería injusto para Almendra.
—Señor, esto fue idea de mi papá. Frida y yo no queríamos esto, pero ya hemos dicho que no dejaremos que Betina se vaya de la familia; la seguiremos queriendo como a una hija.
La respuesta de Simón hizo que don Esteban asintiera satisfecho.
Yago estaba que echaba chispas:
—¡Hijo malagradecido! Al hacer esto, ¿acaso han pensado en lo que siente Betina?
Arturo, sintiéndose culpable por haber iniciado todo el conflicto, asintió de inmediato:
—Voy a regresar ahora mismo para publicar el comunicado.
Don Esteban también se levantó del sofá. Miró a Yago, que seguía furioso, y a Betina con sus ojos llorosos, suspiró para sus adentros y negó levemente con la cabeza.
—Ya estoy viejo, ahora es el turno de los jóvenes. Almendra, ten por seguro que los Ortega seremos tu respaldo más firme.
Almendra asintió conmovida:
—Lo sé, don Esteban.
Mientras tanto, en la residencia de los Vargas.
Isidora estaba acurrucada en el suave sofá de su habitación, sosteniendo su celular. Deslizaba el dedo rápidamente por la pantalla, leyendo los insultos y calumnias que los internautas lanzaban contra Almendra, y de vez en cuando soltaba una risa aguda.

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