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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1145

Todos, excepto los Zúñiga, se sobresaltaron.

—¿Alme? ¿La chica de los Vargas? —preguntó don Esteban, con el ceño fruncido, mirando a Almendra mientras bajaba.

Almendra asintió levemente.

—Exacto.

La cara de Esteban se oscureció.

—¡Esa familia Vargas está cada vez más descontrolada! ¿Creen que porque tienen a Santiago de respaldo pueden hacer lo que les dé la gana?

Arturo intervino, avergonzado:

—En realidad, la culpa es mía. Yo involucré a la señorita Almendra en esto. En cuanto llegue a casa publicaré la aclaración.

Todos lo miraron sorprendidos. ¿Por culpa de él?

Antes de que Almendra pudiera explicar, Arturo relató lo sucedido con Isidora. Los presentes entendieron al instante: líos de faldas y corazones rotos.

Pero aun así, que Isidora reaccionara de esa forma tan extrema tras ser rechazada era inaceptable.

—Voy a reunir las pruebas y haré que responda por esto —dijo Almendra sin rodeos.

Los presentes, que conocían la eficacia de Almendra, la apoyaron de inmediato.

—Tienes razón, Alme. Tiene que pagar las consecuencias.

Simón añadió:

—¡Así es! Y tampoco perdonaremos a las granjas de bots ni a los haters que te atacaron. ¡Vamos contra todos!

Era hora de poner orden en ese zoológico digital.

De pronto, Esteban miró a Simón y a Frida.

—Por cierto, ¿cuándo piensan anunciar la verdadera identidad de Alme?

La señora Zúñiga se sumó a la duda:

—Es verdad, la señorita Almendra lleva tiempo aquí, ¿por qué no lo han hecho público?

—¿Hermana gemela? —preguntó Esteban—. ¿De dónde sacas eso?

Almendra sonrió con ironía.

—El abuelo dice que si quiero revelar mi identidad como hija legítima de los Reyes, debo decir que Betina es mi gemela. Así que pensé: mejor no digo nada. Que ella siga siendo la única señorita de la casa, ¿no es mejor así?

Los presentes se quedaron de piedra. ¡Eso era una locura! ¡Era el colmo del descaro!

—¿Esa fue idea de Yago?

—¿Y qué tiene de malo mi idea?

De repente, Yago apareció, empujado en su silla de ruedas por una empleada.

No quería meterse en el alboroto, pero al oír que hablaban de Betina, tuvo que salir a defenderla.

Esteban lo miró con desaprobación.

—Yago, a nuestra edad ya no estamos para juegos. ¿Qué te cuesta aceptar la realidad? Además, ¿has pensado en cómo se siente Alme con eso?

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