Marisa, al escuchar que Almendra podía salvarla, se quedó atónita por un momento, y luego, llena de emoción, luchó por incorporarse en la cama.
Pero su cuerpo ya estaba demasiado devastado por la enfermedad; no tenía fuerzas ni para sentarse por sí misma.
Justo cuando estaba a punto de desplomarse de nuevo, Almendra la sostuvo con firmeza.
Con una mano en su espalda y la otra sujetando su muñeca, Almendra la miró con determinación y le dijo:
—Puedo salvarte.
Marisa rompió a llorar de golpe.
Por un instante, sintió que estaba soñando.
No era la primera vez que tenía ese sueño.
En las incontables noches del pasado, soñaba que alguien bajaba del cielo para sacarla de ese infierno y dejarla sentir, aunque fuera un poco, lo que era estar sana.
No era codiciosa.
Solo pedía vivir unos meses más, tener la fuerza suficiente para vengarse.
Con eso, podría morir en paz.
—Niña, ¿es verdad lo que dices? ¿De verdad mi cuerpo tiene remedio?
Marisa conocía su estado mejor que nadie.
Había rogado a innumerables médicos de renombre, solo para terminar esperando la muerte en este patio abandonado.
Muchas veces pensó en acabar con su vida.
Pero cada vez que pensaba en toda la familia Sáenz, la rabia no la dejaba rendirse.
¡No podía irse así!
Almendra asintió:
—Así es.
Y añadió:
—En realidad, la causa fundamental de tu estado es que… te envenenaron.
Marisa abrió los ojos desmesuradamente, incapaz de creer lo que escuchaba.
—¿Q-qué… qué dijiste?
Almendra sabía que la noticia era un golpe brutal.
Guardó silencio un momento, dejando que ella lo procesara y aceptara poco a poco.
Marisa comprendió lo que Almendra insinuaba.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada