Y luego… pasó lo que todos ven.
Ella enfermó.
La amante se metió a su casa con todo y la hija.
Y a ella la tiraron en este patio en ruinas, ¡a esperar la muerte!
De repente sintió que, desde el momento en que conoció a Darian, había caído en una trampa gigantesca.
Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo.
Hacía años que su corazón había muerto.
Ya no guardaba ni una pizca de esperanza respecto a Darian.
¡Solo sentía odio!
Pero nunca imaginó que ese malnacido fuera aún más despreciable de lo que pensaba.
—Ayúdame, muchacha, ¡quiero vengarme!
»Si me ayudas, haré lo que me pidas.
Almendra la tranquilizó:
—Pierde cuidado, puedo salvarte. En cuanto elimine el veneno de tu cuerpo, con un buen tratamiento y recuperando fuerzas, tu salud volverá poco a poco.
Y agregó:
—Pero antes de eso, ellos no pueden enterarse.
»Si no, se pondrán en alerta.
Marisa asintió con fuerza:
—¡Está bien, haré todo lo que digas!
Luego preguntó:
—¿Por qué me ayudas? ¿Qué necesitas de mí?
No es que desconfiara de Almendra, simplemente temía no tener la capacidad de serle útil.
Almendra esbozó una leve sonrisa:
—Tranquila, ese favor solo tú puedes hacérmelo. Cuando estés mejor, te lo diré.
Marisa asintió:
—¡Trato hecho!
Para no levantar sospechas con la vieja criada, Almendra y Eva solo ayudaron a tirar las cobijas mojadas al suelo, dejando que Marisa pasara la noche así en la cama.
Dormir sobre la madera era mejor que dormir en el suelo helado.

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