Almendra miró esa fachada de inocencia y soltó una risa burlona:
—No tengo hambre, cómetelo tú.
Se dio la vuelta para irse, pero a medio camino se giró hacia Betina:
—Debió ser muy duro esperarme tanto tiempo, mejor cómetelo tú para recuperar fuerzas. Me voy a mi cuarto.
¡Betina estaba que echaba humo!
¿Es que Almendra ya ni siquiera intentaba disimular? ¡Qué descaro tan grande!
No pudo aguantarse el coraje y la siguió escaleras arriba.
Justo cuando Almendra iba a abrir la puerta de su habitación, Betina dijo:
—Solo te lo digo por tu bien. Tienes un compromiso con Fabián; salir con otros chicos y regresar de madrugada no le hace bien a tu reputación si la gente se entera.
Almendra alzó una ceja:
—¿Fabián? Te sale muy natural el nombre, ¿no?
Betina se cruzó de brazos, desafiante:
—Pues sí, así lo he llamado los últimos diez años. No puedo cambiar la costumbre de un día para otro. Disculpa, Almendra, ¿no te pondrás celosa por un simple nombre, verdad?
Almendra soltó un «ah» indiferente:
—Llámalo como se te dé la gana. Total, él no te escucha. Pero mejor que no te oiga, porque te va a hacer corregirlo… y que le digas «cuñado».
¡Betina estaba a punto de explotar!
—Tú… tú… Fabián no está ahorita en La Concordia. Si sales a… de fiesta por ahí y le llega el chisme, ¿no te da miedo que lo malinterprete?
Almendra entrecerró los ojos:
—¿De fiesta por ahí?
Betina respondió con superioridad:
—¿Acaso no saliste esta noche con Israel?
Almendra sonrió:
—Veo que te informas bien, pero ¿te informaron también que iba la señorita Eva, de la familia Corral?
La cara de Betina se puso rígida.
Claro que sabía que esa tal Eva, que también le caía pésimo, iba con ellos.
Almendra resopló:
—Betina, preocúpate por tu vida y deja de meterte en la mía.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada