—Es algo tan descabellado que no se lo dije a nadie más que a ustedes —continuó Inés.
Almendra inquirió:
—¿Y por qué a nosotros?
—Porque supuse que ustedes también notaron algo extraño en mi familia, ¿verdad? Sé que tal vez todavía duden de mí, ¡pero es la verdad! Pensé en decírselo a mi papá, pero… ¿y si no me creía? Él adora a mi mamá. Si llego y le digo que es un clon, pensará que es una broma de mal gusto o que me volví loca.
Almendra asintió:
—¿Y luego?
—Luego, mi madre se obsesionó con casarme con un Ortega. Pensé que si lograba entrar a su familia, podría usar sus recursos para investigar. Pero ahora que ustedes saben la verdad, ya no necesito casarme. Solo les pido… ayúdenme a encontrar a mi verdadera mamá —suplicó Inés con sinceridad—. No sé qué le habrán hecho, estoy desesperada.
Almendra meditó un momento.
—¿Tu clon te dijo de dónde venían?
Inés negó:
—No. Todo fue muy rápido y estábamos en el elevador. No se me ocurrió preguntar y ella no dijo más antes de que se la llevaran.
De pronto, Almendra sacó una jeringa de su bolso.
—Esto es un veneno. Si dejas que te lo inyecte, creeré en tu palabra.
Inés la miró fijamente.
—Si eso sirve para rescatar a mi madre y deshacernos de esa impostora, ¡adelante!
Sin dudarlo, extendió el brazo.
Lorenzo se sorprendió un poco.
Almendra, con total calma, le inyectó el líquido en el brazo.
—Es muy potente. ¿Tienes miedo?
Inés la miró a los ojos:
Emanuel se quedó de piedra al ver a Inés caminando junto a ellos. ¿No se suponía que estaba drogada?
Almendra notó su confusión y aclaró:
—Tu hija no es un clon.
Emanuel sintió que le volvía el alma al cuerpo y miró a Inés con emoción, pero sabían que no había tiempo para explicaciones sentimentales.
—¿Seguro que se tomó la bebida? —preguntó Almendra.
—La vi tomársela. Iré a revisar su cuarto —respondió él.
Por si acaso, Almendra le dio otro frasco.
—En cuanto entres, esparce esto en el aire.
Emanuel obedeció.

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