Miró a Lorenzo y a Inés con una sonrisa burlona:
—Buena actuación.
Inés y Lorenzo deseaban que la tierra se los tragara ahí mismo.
Después de calmarse un poco, Inés miró a Almendra y a Lorenzo con urgencia:
—¿Ahora sí me creen? ¡De verdad no estoy mintiendo!
Hacía unos minutos, cuando Lorenzo abrió la puerta, se encontró a Almendra sentada allí, y fue entonces cuando jaló a Inés hacia adentro.
Inés se había quedado en shock al ver a Almendra. Pensándolo bien, eso explicaba por qué Lorenzo había aceptado quedarse. ¿Acaso ellos también habían notado algo raro en la familia Quintero?
Inés les repitió la historia de que su madre era un clon.
Almendra, por supuesto, no iba a creerle a la primera.
Inés insistió en que podía probarlo y que la obsesión de su madre por casarla con los Ortega tenía un motivo oculto. Poco después, Almendra vio en el monitor que la señora Quintero subía al segundo piso.
Inés, presa del pánico, improvisó la escena con Lorenzo.
Almendra entrecerró los ojos y la interrogó:
—¿Y cómo descubriste que era un clon?
Inés respondió con seriedad:
—Porque también iban a reemplazarme a mí. Pero a mitad del proceso, mi clon me salvó.
El recuerdo era una tortura. Inés se ponía cada vez más pálida mientras hablaba. Se subió la manga y mostró el brazo izquierdo.
En la muñeca tenía una cicatriz. Si usaba reloj o pulseras, pasaba desapercibida.
—Cuando el elevador volvió a funcionar, los perseguidores nos alcanzaron. Como habíamos cambiado de ropa, creyeron que yo era el clon. Me llevaron al quirófano para reacomodar el chip que ella me puso. A ella… le inyectaron algo, se desmayó y se la llevaron.
Al recordar la escena, Inés sintió un escalofrío.
Almendra guardó silencio un largo rato antes de preguntar:
—¿Quién más sabe esto?
—Nadie —Inés negó rápidamente con la cabeza—.

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