La expresión de Estela y Regina se descompuso al instante.
—Todavía no has entrado al top tres, ya hablaremos cuando lo logres —replicó Estela, sin querer dar su brazo a torcer.
—Exacto —añadió Regina—. No cantes victoria antes de tiempo, todavía no sabemos quién terminará de cabeza.
Viendo el desempeño de los estudiantes extranjeros esa mañana, la competencia estaba feroz. Que Almendra entrara a los tres primeros no iba a ser nada fácil.
Almendra, en lugar de enojarse, soltó una risa.
—Yo tengo confianza en mí misma. ¿Y ustedes? ¿Creen que podrán pasar a la ronda de la tarde?
Con esa pregunta, Estela y Regina cerraron la boca de golpe. Ellas tampoco estaban seguras de clasificar. Habían contestado muchas preguntas al azar; había sido, sin duda, su peor examen. Por supuesto, jamás lo admitirían en voz alta.
El profesor Aranda las miró con profunda decepción. Tenía muchas esperanzas puestas en ellas, pero su arrogancia les había impedido escuchar consejos, y ahora el arrepentimiento llegaba tarde.
—Almendra, ¿qué hacemos para la competencia de la tarde? Veo a la mayoría de nuestros alumnos muy perdidos.
El profesor Correa y el profesor Aranda estaban realmente angustiados. El tema de la competencia era evidente: todo giraba en torno al diagnóstico por IA y la cirugía robótica. Pero era justo ahí donde fallaba su preparación. Incluso si lograban pasar la teoría de milagro, ¿qué harían en la defensa de la tarde y la práctica de mañana? Todos habían llegado llenos de alegría y confianza, ¿tendrían que regresar con la cola entre las patas? Solo de pensarlo se sentían avergonzados.
Almendra reflexionó un momento.
—Pregunten en el grupo. Si hay alguien que crea haber pasado la teoría de la mañana y quiera aprovechar las dos horas libres después de la comida, podemos hacer una capacitación de emergencia. Nos enfocaremos en diagnóstico por IA y cirugía robótica. Claro, si no quieren, no es obligatorio.
El profesor Correa asintió de inmediato.
—¡Sí, es una excelente idea! Pero, ¿quién dará la capacitación...?
Dicho esto, dio media vuelta y se fue.
Fabián ya la estaba esperando afuera.
Estela y Regina estaban que echaban humo. ¡Esa Almendra era demasiado soberbia! ¡Ya querían verla parada de manos en transmisión nacional!
Almendra llegó a la salida y, mientras buscaba el auto de Fabián, su celular sonó. Contestó.
—A tu derecha, el deportivo negro.
Almendra siguió la indicación y vio a Fabián con el brazo apoyado en la ventanilla del auto, saludándola. Caminó hacia él y Fabián se bajó para abrirle la puerta del copiloto. Su presencia imponente y su rostro, capaz de detener el tráfico, atrajeron de inmediato las miradas de todos alrededor.
A Fabián ya no le importaba; de hecho, deseaba que alguien expusiera su relación con Almendra. Que miraran lo que quisieran, le daba igual.

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