—¿Cómo les fue a los chicos de Nueva Córdoba en el examen?
Al subir al coche, Fabián se inclinó para abrocharle el cinturón de seguridad a Almendra.
Ella se recargó en el asiento de piel, jugueteando con el borde de su celular. Al escuchar la pregunta, frunció levemente los labios.
—No muy bien —admitió—. Pusieron muchos problemas de lógica algorítmica para diagnóstico con IA y teoría práctica. Nos agarraron en curva a todos.
«Camarón que se duerme, se lo lleva la corriente». Esa frase nunca fallaba.
El problema era que, a veces, los equipos extranjeros se aliaban para bloquearle información a Nueva Córdoba. Eran unos malditos.
Almendra había pensado que, por muy arrogantes que fueran Estela y Regina, al menos se tomarían la competencia en serio. Pero resultó que les entró por un oído y les salió por el otro. En cambio, esa tal Yolanda parecía tener más madera para esto.
Fabián giró el volante con una mano. Su mirada se detuvo un instante en el ceño fruncido de ella y, sin decir nada, subió un poco la temperatura del aire acondicionado.
—Primero vamos a comer. Lo demás lo resolvemos al rato.
Almendra asintió.
—Va.
El deportivo negro se deslizó con suavidad entre el tráfico hasta detenerse frente a un restaurante con estrellas Michelin.
Apenas se sentaron, antes de que llegaran los platos, el celular de Almendra vibró.
Era el profesor Aranda. Su voz sonaba ansiosa:
—Almendra, acabo de hacer el recuento. Hay diecinueve alumnos que quieren tomar la capacitación, pero las salas de conferencias del hotel están saturadas por los otros equipos...
El examen teórico de la mañana no solo había desestabilizado a Nueva Córdoba; los equipos de otros países también andaban como gallinas sin cabeza. Aprovechando la hora de la comida, todos habían entrado en modo pánico y buscaban dónde repasar.
Almendra hizo una pausa y decidió rápido.
—Coman algo primero y luego caigan a mi hotel. La sala de mi suite es lo bastante grande.
El profesor Aranda suspiró aliviado.
—¡Híjole, qué bueno! ¡Nos salvaste!

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