Ese tipo tenía demasiada clase y el hotel era puro lujo. Seguro estaba podrido en dinero.
«¿No será que Almendra es una mantenida?», pensaron.
La idea, una vez sembrada, echó raíces en sus cabezas a la velocidad de la luz.
Almendra se paró frente al ventanal y conectó la computadora. En la pantalla apareció la presentación: «Análisis de Sistemas Quirúrgicos Asistidos por IA».
Sacó un puntero láser y tecleó rápido. Un video de simulación quirúrgica en 3D se proyectó en el telón blanco.
—Pregunta treinta y siete del examen matutino: calibración de error del brazo mecánico. ¿Cuántos la tuvieron mal?
En la primera fila, varios bajaron la cabeza, avergonzados.
Almendra pausó el video y señaló con el láser una articulación roja en el brazo robótico.
—Esto tiene que ver con el modelo algorítmico del sistema de retroalimentación de fuerza. Primero voy a explicar la teoría básica y luego deducimos la fórmula juntos.
Hizo una pausa, su mirada barrió la sala.
—Pero voy a ser clara: si alguien siente que esto es una pérdida de tiempo, la puerta está muy ancha. No voy a tolerar murmullos ni distracciones.
Regina se mordió el labio, a punto de replicar, pero Estela le jaló la manga.
Cruzaron miradas y, al final, se sentaron en la última fila sin decir ni pío.
Durante las siguientes dos horas, Almendra repasó todo: desde el análisis semántico de historiales médicos con IA hasta los algoritmos de planificación de rutas quirúrgicas. No usó notas. Todo estaba en su cabeza y su lógica era impecable.
Fabián, recargado en el sofá, le pasaba el plumón o un vaso de agua cuando lo necesitaba. No le quitaba la vista de encima, observando su perfil concentrado. De vez en cuando le acomodaba la silla con una elegancia despreocupada.
—La defensa de la tarde se centrará en escenarios clínicos. Vamos a simular el proceso de respuesta ahora mismo.
Al decir esto, el ambiente en la sala cambió. Los estudiantes sintieron la presión como si ya estuvieran frente a los jueces.
—Yo haré de jurado —dijo Almendra—. ¿Quién es el valiente que empieza?
Hubo un silencio breve hasta que alguien levantó la mano.
—Almendra, yo quiero intentar...
Era Yolanda.
La chica estaba realmente impresionada. No podía creer que Almendra, teniendo su misma edad, supiera más que los catedráticos de la escuela. ¡Estaba a otro nivel!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada