Darian cayó de rodillas frente a Marisa con un golpe seco, aferrándose con fuerza al borde de su vestido, con los ojos llenos de arrepentimiento.
—¡Marisa, me equivoqué, de verdad sé que la regué!
»Te ruego que no nos divorciemos. Si me perdonas, ¡ahorita mismo hago que tiren todas las cosas de esas dos a la basura!
Giró la cabeza y le gritó a la empleada doméstica que estaba pasmada a un lado:
—¿Qué haces ahí parada? ¡Ahora! ¡Echa a esas mujeres a la calle inmediatamente!
Karina gritó llena de rabia:
—¡Darian! ¿Qué estás diciendo?
Estela también rugió de coraje:
—Papá, ¿de verdad nos vas a correr a mi mamá y a mí por culpa de esta mujer?
Al ver esto, la señora Graciela se tambaleó y tuvo que agarrarse del sofá para no caerse, con la incredulidad pintada en el rostro.
¿Qué le había pasado a su hijo? ¿Se había vuelto loco?
¿Por qué tenía que arrodillarse ante esa maldita de Marisa?
Si alguien debía arrodillarse, ¡era esa mujerzuela ante ellos!
Marisa miró desde arriba a aquel hombre que solía ser tan altivo y que ahora parecía un perro moviendo la cola pidiendo piedad. Sin embargo, el odio que sentía en el fondo de su corazón no disminuyó ni un poco.
—Darian, ¿de verdad crees que con ese berrinche y un par de lágrimas vas a borrar todas tus porquerías?
Marisa se soltó de su agarre y resopló:
—El convenio matrimonial lo dice clarito: si hay una infidelidad, te vas con una mano atrás y otra adelante, sin un centavo.
Darian miró a Marisa con total seriedad:
—Marisa, ¡estaba ciego, se me nubló la razón! Por todos los años que llevamos de casados... perdóname esta vez. Mientras no te divorcies, ¡haré lo que sea!
Marisa suavizó el tono y lo miró:
—¿Ah, sí? ¿Lo que yo quiera?
Darian asintió vigorosamente:
—¡Sí!
Marisa soltó una risa fría:
—Entonces primero haz que esas dos se larguen de mi casa, ¡no quiero que me ensucien la vista!
Karina chilló con el rostro descompuesto:

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