Marisa asintió con la cabeza:
—Sí, ya lo chequé. Está dormido como tronco, no se despierta con nada.
Arturo asintió:
—Bien, hagámoslo rápido para evitar sorpresas.
Los tres avanzaron con cautela hacia la habitación de Darian.
Darian estaba tumbado en la cama, profundamente dormido.
Marisa empujó la puerta suavemente. Eva y Arturo se deslizaron al interior y se acercaron a la cama.
Justo cuando Arturo se preparaba para inyectar a Darian, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La señora Graciela irrumpió gritando:
—¿Qué están haciendo?
Eva y Arturo se llevaron un susto de muerte ante la situación repentina; la jeringa casi se le cae a Arturo de las manos.
Marisa maldijo para sus adentros. ¡No esperaba que la vieja apareciera en ese momento!
Eva reaccionó rápido y colocó el fármaco que le había dado Almendra bajo la nariz de Darian para que lo inhalara al respirar y siguiera sedado.
—¡Dios mío! ¡Esto es el colmo! ¡Marisa, eres una víbora! ¡Trajiste gente para matar a mi Darian! —bramó la señora Graciela, con la voz llena de pánico e ira.
—¡Cállese la boca! —Marisa, desesperada, se abalanzó para taparle la boca a la anciana.
La señora pensó que Marisa quería silenciarla para siempre y gritó con más fuerza.
—¡Auxilio! ¡Asesinos! ¡Ayuda, por favor!
Por suerte, Marisa había despachado a los sirvientes de la villa ese día y solo quedaban algunos de su entera confianza.
De lo contrario, con los gritos de la vieja, ya se habría enterado todo el mundo.
Marisa, angustiada, agarró a la anciana y le advirtió:
—¡Ese no es Darian! ¡Es un clon!
Pero la señora Graciela qué iba a saber de clones.


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