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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 1272

Marisa asintió con la cabeza:

—Sí, ya lo chequé. Está dormido como tronco, no se despierta con nada.

Arturo asintió:

—Bien, hagámoslo rápido para evitar sorpresas.

Los tres avanzaron con cautela hacia la habitación de Darian.

Darian estaba tumbado en la cama, profundamente dormido.

Marisa empujó la puerta suavemente. Eva y Arturo se deslizaron al interior y se acercaron a la cama.

Justo cuando Arturo se preparaba para inyectar a Darian, la puerta de la habitación se abrió de golpe. La señora Graciela irrumpió gritando:

—¿Qué están haciendo?

Eva y Arturo se llevaron un susto de muerte ante la situación repentina; la jeringa casi se le cae a Arturo de las manos.

Marisa maldijo para sus adentros. ¡No esperaba que la vieja apareciera en ese momento!

Eva reaccionó rápido y colocó el fármaco que le había dado Almendra bajo la nariz de Darian para que lo inhalara al respirar y siguiera sedado.

—¡Dios mío! ¡Esto es el colmo! ¡Marisa, eres una víbora! ¡Trajiste gente para matar a mi Darian! —bramó la señora Graciela, con la voz llena de pánico e ira.

—¡Cállese la boca! —Marisa, desesperada, se abalanzó para taparle la boca a la anciana.

La señora pensó que Marisa quería silenciarla para siempre y gritó con más fuerza.

—¡Auxilio! ¡Asesinos! ¡Ayuda, por favor!

Por suerte, Marisa había despachado a los sirvientes de la villa ese día y solo quedaban algunos de su entera confianza.

De lo contrario, con los gritos de la vieja, ya se habría enterado todo el mundo.

Marisa, angustiada, agarró a la anciana y le advirtió:

—¡Ese no es Darian! ¡Es un clon!

Pero la señora Graciela qué iba a saber de clones.

—Inyéctalo de una vez, que no haya más fallas —ordenó Eva al instante.

Arturo asintió, tomó la jeringa e inyectó el fármaco en el cuerpo de Darian con precisión.

Eva miró a Marisa:

—Primero lleva a la señora a su cuarto. Mañana, cuando despierten, manda a Darian lejos. Que no se vea con su madre; necesitamos trabajar psicológicamente con la señora primero.

Marisa asintió con seriedad:

—Está bien. Perdón, me descuidé.

—Lo hiciste muy bien —dijo Eva.

Entre los tres llevaron a la anciana a su habitación. Luego, Eva salió corriendo para informar a Almendra del imprevisto.

Almendra escuchó y, tras reflexionar un momento, dijo:

—Voy a entrar. No podemos permitir que la señora arruine el plan.

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