Almendra le pidió a Mauricio que transfiriera toda la información a su propio celular. Luego, le indicó a Eva que apagara el dispositivo de Betina y lo devolviera exactamente a su lugar bajo la almohada. No podían levantar sospechas antes de tener un plan sólido.
Eva regresó enseguida.
—Listo, Alme. Ya está en su lugar.
—Perfecto. Ahora ayúdame a revisar qué hay.
—Va.
Eva abrió los archivos en el teléfono de Almendra. Al ver los chats y documentos, se le abrieron los ojos como platos.
—¡No manches! ¡Esto es una locura!
No podía creer lo que veía. El historial de chats estaba lleno de transacciones ilegales. Había como cuarenta grupos diferentes, cada uno con unas treinta o cuarenta personas, dedicados a cosas distintas. Y los chats privados... eran interminables.
Aquello era una mina de oro de información.
—Pero... ¿no hay nada sobre los clones? —preguntó Eva, buscando desesperadamente. Lo que más les urgía era encontrar a las personas que habían sido sustituidas y saber si quedaba algún infiltrado en el país.
—Alme, en los chats no mencionan nada de clonación.
Almendra frunció el ceño. No tenía sentido.
—No te desesperes. Busca en otras carpetas, videos, fotos, o si hay alguna aplicación oculta.
Eva siguió buscando y, efectivamente, ¡bingo!
—¡Lo encontré!


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