El Pacto de Sangre era la organización de asesinos más grande del mundo, con tentáculos en todas partes. Destruir su sede no sería un paseo por el parque.
El buque se acercó lentamente a la Isla de la Bruma. Fabián levantó sus binoculares; a través de la espesa niebla, apenas se distinguían las siluetas de los edificios y las patrullas.
En cuanto tocaron la costa, los vigías ocultos de la organización detectaron la intrusión. Un disparo rompió el silencio y la batalla estalló.
Fabián dirigió el contraataque con frialdad. Sus mercenarios, con una puntería letal y coordinación perfecta, rompieron la primera línea de defensa enemiga en minutos. Sin embargo, la resistencia del Pacto de Sangre fue feroz. Las trampas de la isla se activaron y una lluvia de proyectiles y mecanismos ocultos comenzó a caer sobre ellos...
***
A la mañana siguiente, Almendra bajó a desayunar temprano acompañada de Eva.
Todos estaban en la mesa, menos Betina.
—¿Nadie llamó a Betina? —preguntó Frida a la empleada doméstica.
—La llamé varias veces, señora, pero no respondió. Debe tener el sueño muy pesado —contestó Helena.
—Seguro se le pasaron las copas anoche —comentó Simón—. Déjenla dormir un rato más. Guárdenle el desayuno.
—Sí, señor.
Betina despertó pasadas las nueve de la mañana. Se sentó en la cama con un dolor de cabeza espantoso.
¡Maldita Eva! La había emborrachado a propósito.
«Emborrachado...».
De golpe, el pánico la invadió. Buscó frenéticamente bajo la almohada. Cuando sus dedos tocaron el celular, el alma le volvió al cuerpo.

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