De repente, todas las miradas se posaron en Betina.
Su rostro se tornó aún más pálido, con una expresión de pánico y confusión.
—Yo… no, yo no le dije nada. No sé qué le pasó al abuelo, de verdad no sé… —rompió a llorar.
Al verla tan asustada, Frida y Simón sintieron lástima.
—Tranquila, Betina, no te estamos culpando. Ahora que el doctor Tobías nos ha explicado la causa, solo tenemos que ser más cuidadosos en el futuro.
Tobías asintió.
—Por favor, que esto no vuelva a suceder. El señor Yago ya es mayor, no puede soportar otro susto como este.
—Entendido, doctor Tobías. Se lo agradecemos mucho —dijo Simón, repitiendo su gratitud.
Tobías, sintiéndose un poco incómodo, respondió:
—No tiene que agradecerme a mí, señor Simón. A quien debe agradecerle es a la señorita Almendra. Si no fuera por su guía a distancia durante la cirugía, no podría asegurar que hubiéramos tenido éxito.
Esta vez, Simón y Frida se quedaron aún más sorprendidos.
—Alme, tú…
—Yo solo le di un par de indicaciones. Fue la experiencia del doctor Tobías lo que nos sacó adelante —dijo Almendra con modestia, sin un ápice de arrogancia.
Simón y Frida se sintieron increíblemente orgullosos. ¿Qué clase de hija maravillosa tenían?
Tobías todavía esperaba discutir el caso de Braulio con Almendra, pero la situación no parecía la más adecuada.
—Ocúpate de tus cosas. En un rato te busco —le dijo Almendra.
—Claro.
El abuelo era mayor y su dieta requería un cuidado extremo. En solo unos días, ya había pasado dos veces por el quirófano.
—¡Tienes razón! —dijo Simón, indignado—. Le di instrucciones claras a la cocina y aun así ocurre este desastre. ¡Voy a averiguar quién fue el irresponsable y lo corro de inmediato!
Frida sacó su celular y llamó al chef principal.
La comida del abuelo era su responsabilidad directa. Cuando recibió la llamada de Frida, pensó que era para darle instrucciones sobre el almuerzo.
—Buenas tardes, señora.
—Hugo, ¿qué demonios pasó? Te repetí mil veces que la comida del abuelo no podía tener nada en trozos, que debía ser blanda y fácil de masticar. ¿Por qué no obedecieron? —Frida, que siempre era amable con el personal, sonaba más severa que nunca, lo que asustó a Hugo.
El chef sintió un vuelco en el corazón y se apresuró a explicar:
—Señora, yo seguí sus instrucciones al pie de la letra. Pero esta mañana, la señorita Betina fue a la cocina a recoger el desayuno para el señor. Vio los elotes recién hechos y dijo que al señor le gustaban. Le advertí que usted había dicho que no podía comerlos, pero… ella dijo que no había problema, que el señor se estaba recuperando muy bien y que un poco no le haría daño.

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