—¿Qué le diste de comer esta mañana? ¿O de qué hablaron? —preguntó Almendra, yendo directo al grano.
El corazón de Betina dio un vuelco y apretó los puños, pero mantuvo la compostura.
—La comida del abuelo es la que traje de casa. ¿Y de qué iba a hablar con él? Solo una plática normal. Hermana, ¿qué estás insinuando?
—Estoy diciendo que la ruptura de un vaso sanguíneo también puede ser causada por la dieta o por emociones fuertes —respondió Almendra, observando el perfil de Betina con frialdad.
Betina ni siquiera se atrevía a mirarla a los ojos, pero aun así, se defendió.
—Ya te dije que la comida la traje de casa, y solo estábamos platicando.
—Alme, la dieta de tu abuelo la preparan en la cocina siguiendo tus instrucciones al pie de la letra. No creo que sea un problema de alimentación —intervino Frida.
Al ver que Frida la defendía, Betina se sintió con más seguridad. Se enderezó y miró a Almendra a los ojos, con una expresión de ofendida.
—¿Oíste, hermana? Esta mañana quise ayudar porque vi a papá y a mamá muy cansados, por eso vine yo a traerle el desayuno al abuelo. Si hubiera sabido que me ibas a acusar de darle algo que le hiciera daño, mejor te hubiera dejado venir a ti.
Con esa frase, no solo se pintó a sí misma como una nieta considerada, sino que también dejó a Almendra como alguien que no se preocupaba por el abuelo.
—Ma… Señorita Almendra.
De repente, la voz agitada de Tobías se escuchó desde la puerta del quirófano.
Simón y Frida se acercaron a él de inmediato.
—Doctor Tobías, ¿ya saben por qué mi padre tuvo esta recaída? —preguntó Simón, ansioso.
Tobías traía consigo unas radiografías y el expediente. Se había tardado un poco en salir porque estaba recopilando toda la información.


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