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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 240

Bah, una chica de diecisiete o dieciocho años que venía a buscar un trabajo de verano… seguro era una pobre diabla sin familia ni influencias. ¿Cómo no iba a poder con ella?

***

Al terminar la reunión, Almendra salió de la sala de juntas y se dirigió al departamento de Recursos Humanos.

Eran casi las nueve, hora de empezar las entrevistas.

Recursos Humanos seguía lleno de gente ese día. La llegada de Almendra captó de inmediato la atención de la mayoría.

Es que la chica era realmente hermosa, con una figura esbelta y alta, y un aura imponente y fría que la hacía ver tan bella como ruda.

¿De quién sería hija? ¿Cómo podían haber criado a alguien tan perfecta?

Catalina, que esperaba para su entrevista, no esperaba volver a ver a Almendra, y su expresión cambió al instante.

¿Qué estaba pasando?

¿No le había mandado la foto a la señora Arteaga para que llamara a la policía y la arrestaran?

¿Por qué esa maleante seguía aquí?

¿Será que los policías aún no habían llegado?

Debía ser eso. El tío de Beatriz era subjefe de policía, darle una lección a una simple buscapleitos sería cosa de niños.

Pero, ¿por qué el asistente especial, Uriel, estaba con ella?

Catalina estaba llena de dudas. Quiso acercarse a Almendra para pedirle una explicación, pero ella ni siquiera la miró y entró directamente a la sala de entrevistas.

En ese instante, lo entendió.

¡Resulta que era una enchufada!

Con razón tenía esos aires de grandeza. ¡Ja, qué descaro!

Catalina se montó toda una película en su cabeza. Vio que ya había pasado media hora y aún no era su turno, y tampoco había visto salir a Almendra, lo que le pareció muy extraño.

Finalmente, la puerta de la sala de entrevistas se abrió y la chica que competía por el mismo puesto que ella salió.

Recordaba que se llamaba Isabel.

—Catalina, ¿quién es?

Catalina reaccionó de inmediato. —¡Soy yo!

Isabel le susurró para darle ánimos: —¡Ve, mucha suerte!

Catalina asintió con determinación y se dirigió a la oficina.

Antes de entrar, se bajó un poco más el cuello del vestido, haciendo que el seductor escote que se formaba en su pecho fuera aún más profundo y llamativo.

—Señorita Catalina, por favor, entre —la secretaria notó su pequeño gesto, frunció el ceño y la instó a pasar.

Catalina infló su impresionante pecho, lanzó una mirada despectiva a la secretaria y entró con sus tacones de cristal de diez centímetros.

«Ya verán», pensó. «¡A la señorita Almendra le voy a encantar!».

Lo que nunca, jamás, se habría imaginado era que…

Al entrar en la oficina, vio a la que ella llamaba “maleante” sentada en el puesto principal de entrevistadora, mirándola fijamente con esos ojos oscuros y cristalinos.

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