Frida le lanzó una mirada a Simón.
—Bueno… está bien. Descansa, entonces. Tu padre y yo no te molestaremos más.
Almendra asintió levemente.
—Gracias.
En cuanto Frida y Simón salieron de la habitación, ella dijo en voz baja y apremiante:
—¡Almendra sigue enojada! ¡Tenemos que pensar en algo para contentarla!
Simón asintió, totalmente de acuerdo con su esposa.
—Tienes razón. Hoy Almendra pasó un trago muy amargo, debemos compensarla como se debe.
—¿Y qué le regalamos? —Frida frunció el ceño, pensativa.
Ya le habían dado un montón de regalos ese mismo día. Necesitaban algo nuevo y original para sorprenderla.
—¡Un avión! —soltó Simón.
A Frida se le iluminaron los ojos.
—¡Sí, sí! A Almendra parecieron gustarle mucho las tres motocicletas de combate. Tiene una personalidad muy audaz. ¡Un avión le va perfecto!
—Y otra cosa —añadió Simón—. Me di cuenta de que su mochila está muy vieja, pero parece que le tiene cariño. Le compraremos cien mochilas del mismo estilo para que pueda estrenar una cada día.
Frida aplaudió.
—¡Qué buena idea, mi amor! ¡Piensas en todo!
—Y le transferiré trescientos millones de pesos de bolsillo, para que se los gaste como quiera.
Frida le levantó el pulgar a su esposo.
—Perfecto, cariño. Manos a la obra.
***
Almendra guardó el botiquín y, por instinto, buscó su celular. Fue entonces cuando recordó que se le había apagado la noche anterior, al bajar de la montaña.
Con todo el alboroto al llegar a casa de los Reyes, se le había olvidado por completo ponerlo a cargar antes de dormir.
Lo encontró, lo conectó y esperó a que encendiera. Tenía muchos asuntos pendientes que atender.
Un minuto después, el celular cobró vida.
Al instante, el dispositivo pareció enloquecer, vibrando y sonando sin parar, como si hubiera sido bombardeado. Para una persona normal, parecería un virus.
Para ella, era lo de siempre.
—… Tuve un imprevisto. Estoy bien.
—¡Menos mal! —asintió Valentina—. Bueno, pues apúrate a aclarárselo a tus treinta millones de seguidores, o la policía de verdad va a mandar un equipo de rescate a buscarte a la montaña.
—De acuerdo.
Tras colgar, Almendra abrió TikTok de inmediato. Su cuenta, con el usuario @doctora.alma, tenía treinta millones de seguidores. La bandeja de mensajes directos estaba a reventar.
En sus videos más recientes, los comentarios de los fans eran una locura.
Varios tenían más de cien mil «me gusta». Por ejemplo:
—¡No manches! ¿La doctora Alma se resbaló y se cayó por el acantilado?
—Creo que sí, vi cómo la cámara giraba de golpe.
—Y como que gritó algo bajito y luego se cortó todo.
—¡Hay que llamar a la policía para que la rescaten! Está muy oscuro y lloviendo.
Siguió desplazándose hacia abajo y encontró los comentarios más recientes del día:
—Ya pasó toda la noche y no hay noticias de la doctora Alma. ¿Y si de verdad le pasó algo? Yo la adoro, me curó un insomnio de diez años. No quiero que le pase nada. ¡Virgencita, cuídala!

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