Ahora sí que Almendra no tuvo tiempo ni para cenar.
Simón y Frida se miraban con cara de preocupación. Su hija seguía enfadada. ¿Qué podían hacer?
—Cariño, no podemos esperar tres días. El avión llega mañana por la mañana. Lo de las cien bolsas está tardando mucho. Llama y presiona otra vez.
—Claro, mi amor. Ahora mismo llamo a la marca.
Baltasar: [Jefa, el cliente SVIP ha vuelto a llamar para presionar~]
Almendra: …
A las nueve de la noche, Almendra por fin terminó.
Cien diseños de bolsas en diez horas. La línea de producción trabajaría toda la noche para tenerlas listas a la mañana siguiente.
Mientras Almendra se mataba trabajando, Betina tampoco perdía el tiempo.
Movió sus contactos, hizo llamadas y, tras pagar una suma considerable, consiguió averiguar el hospital y el número de habitación donde estaba ingresado Fabián.
No le dijo nada a nadie de la familia Reyes, especialmente a Simón y a Frida. Ahora, ellos solo tenían ojos para Almendra. Hasta a su prometido querían dárselo a ella. ¿Por qué?
Aunque no fuera una Reyes de sangre, a Fabián le gustaba ella. Tenía que verlo, decirle lo que sentía.
Si Fabián no quería a Almendra, ¿qué importaba que se casara con un Ortega? Ella también podría casarse con uno, ¡y además sería la cuñada de Almendra!
Pero no contaba con un obstáculo. A las cinco de la tarde, se presentó en el hospital militar con una sopa que Liliana había preparado, pero no la dejaron pasar. No tenía el permiso de acceso.
Le envió un mensaje: [Fabián, soy Betina. Hoy el señor Esteban me dijo que estabas herido y te he traído una sopa que he preparado yo misma. ¿Podrías decirle al guardia que me deje entrar?]
Pero no hubo respuesta.
Le envió otro: [Fabián, esperaré aquí en la entrada hasta que me contestes.]
Y así esperó hasta las nueve de la noche. Fabián seguía sin responder. Sus mensajes se perdían en el silencio, sin acuse de recibo.
—Liliana, seguro que Fabián está tan mal que no tiene el celular con él, por eso no ve mis mensajes, ¿verdad? —dijo Betina, con la voz entrecortada.
—Seguro que es eso, señorita Betina —asintió Liliana—. Usted es tan guapa y talentosa, al señor Fabián le gusta usted. Ahora solo está herido y no puede usar el celular.

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