Betina bajó la cabeza, retorciéndose los dedos nerviosamente, como si le hubieran hecho la peor injusticia de su vida.
—Pero... ahora que mi hermana regresó, ¿ellos me querrán?
—Claro que sí.
Frida acarició suavemente el cabello de Betina con mirada amorosa: —Betina, te criamos con todo nuestro amor. Seas o no de nuestra sangre, te seguiremos queriendo igual.
Simón también sintió que quizás habían descuidado los sentimientos de Betina últimamente y agregó: —Así es, Betina. Pase lo que pase, siempre serás el tesoro de papá y mamá.
Betina, con los ojos llorosos, se abrazó a Frida conmovida, sollozando: —Mamá, ¿de verdad? ¿No me desprecian?
—Tonta, te adoramos, ¿cómo vamos a despreciarte?
Betina abrazó fuerte a Frida: —Mamá, te prometo que en el futuro seré muy buena hija con ustedes.
—Betina, solo queremos que seas feliz. —Frida le palmeó la espalda.
Betina asintió vigorosamente, pero bajo sus párpados caídos había una burla fría. Decían que la trataban como hija propia, pero ¿acaso no notaban la diferencia abismal entre el trato que le daban a ella y a Almendra?
Una vez que calmaron a Betina, Simón y Frida salieron apresurados a comprar los regalos para los Tapia.
El humor de Betina estaba por los suelos. Al entrar a la casa, vio a las empleadas murmurando emocionadas.
—No puedo creer que la señora y la familia Tapia se reconciliaran, es maravilloso.
—Sí, antes en las fiestas la señora siempre estaba triste. Ahora por fin podrá visitar a sus padres.

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