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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 750

Nadie se atrevía a respirar, temiendo ser el próximo en tener mala suerte.

Betina soltó una risa fría, dio media vuelta y subió las escaleras.

Al ver esto, Liliana no cabía en sí de gozo y miró con burla a Helena, que tenía la frente perlada de sudor frío.

—Helena, Helena, mira nada más. ¿No se suponía que estaban de tu lado? ¿Hay alguien que dé la cara por ti?

Helena apretó los dientes y miró a Liliana:

—Todas lo hacen por supervivencia, no las culpo.

Liliana sonrió con aire triunfal:

—¿Ah, sí? Consuélate con eso si quieres.

Luego añadió:

—Tú rompiste el vaso, tú limpias el suelo sucio.

Las manos de Helena temblaban de dolor; Liliana lo hacía a propósito.

Pero Betina había dado la orden y ella, como empleada doméstica, no tenía más remedio que obedecer.

Se agachó y, con las manos temblorosas y llenas de ampollas, comenzó a recoger los fragmentos de vidrio del suelo, uno por uno.

Liliana se cruzó de brazos y resopló:

—¡Apúrate! El señor volverá en cualquier momento. Con tanta agua en el suelo, si se resbala y se cae, ¿podrás asumir la responsabilidad?

Vanessa y Carolina, que siempre habían estado cerca de Helena, al ver esto, se adelantaron de inmediato para ayudarla a limpiar.

Liliana, al verlas, sintió que le hervía la sangre del coraje.

Helena no le hacía caso, ¿y ahora estas dos criadas de baja categoría se atrevían a desobedecerla?

—¿Vanessa, Carolina? ¿Quieren que las corran de la familia Reyes?

En realidad, Vanessa y Carolina solían ser muy tímidas y a quienes más temían eran a Liliana y Betina.

Pero ahora, ver cómo intimidaban a Helena, quien las trataba como si fueran sus propias hijas, era algo que no podían soportar.

¡La señorita Betina y Liliana se estaban pasando de la raya!

Apenas Betina regresó a su habitación hecha una furia, su celular comenzó a sonar una y otra vez.

Lo tomó, vio la pantalla, su rostro se oscureció y arrojó el celular lejos.

Pero la otra persona seguía llamando sin cesar. Estaba a punto de volverse loca, así que tuvo que contestar, con un tono nada amable:

—¿Qué quieres ahora?

La voz risueña de Ulises se escuchó del otro lado:

—Hija, me quedé sin dinero, transfiérele un poco más a papá.

Hacía una semana, Ulises había tomado un millón de pesos para apostar; no solo lo perdió todo, sino que ahora debía otros trescientos mil.

Fue a la Universidad La Concordia a buscarla, pero no encontró a Betina y escuchó que estaban en un entrenamiento militar. Sin otra opción, siguió el rastro de las transferencias bancarias, encontró el número de Betina y la llamó.

Ya se lo había pedido dos veces, y Betina se había negado.

Betina, que ya estaba irritada, al escuchar que Ulises le pedía dinero otra vez, ¡sintió ganas de estrellar el celular!

—Fui muy clara: solo tenía un millón. ¡Te dije que regresaras a El Crisol a jubilarte! ¿Cuánto tiempo ha pasado y ya no tienes el millón?

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