Para Rebeca, aquello sonaba a chiste:
—Dejaron a mi hijo en este estado y quieren que él se disculpe con ustedes. ¿Están soñando?
—Los que sueñan son ustedes —dijo Almendra con voz calmada.
—Ustedes, vengan. Agárrenla a ella y…
Rebeca ordenó a los dos hombres de negro que la acompañaban, señalando a Almendra. Cuando su dedo apuntó a Fabián, lo saltó directamente y señaló a Braulio:
—¡Y a él! ¡Tírenlos al suelo, voy a enseñarles modales!
Los dos hombres de negro obedecieron y avanzaron.
Para ellos, que eran fuertes y corpulentos, Almendra y Braulio no representaban ninguna amenaza.
Fabián no quiso que Almendra se cansara; antes de que ella pudiera moverse, lanzó dos patadas y mandó a volar a los hombres.
Ver a los dos guardaespaldas estrellarse contra el suelo dejó a Rebeca y a los tres amigos de Álvaro completamente atónitos.
Los movimientos de Fabián fueron tan rápidos que ni siquiera vieron qué pasó antes de que sus hombres estuvieran en el piso.
—Tú… ustedes… ¡Malditos sean! ¡Golpearon a mi hijo y lastimaron a mi chofer! ¡Voy a llamar a la policía!
Almendra asintió conforme:
—Bien, llama.
Rebeca no esperaba que Almendra estuviera tan tranquila; casi escupía fuego de la rabia.
Rebeca miró a su hijo y marcó el número de la policía sin dudarlo.
Después de reportarlo, llamó a su esposo diciendo que estaban abusando de su hijo y que necesitaba que fuera a darle respaldo.
Al colgar, miró a Almendra con satisfacción:
—¡Les aviso que están acabados!
Álvaro también dijo con mucha confianza:
—¡Les dije que mi padrastro es muy poderoso!
Almendra asintió con una expresión indescifrable y su mirada se detuvo un par de segundos en Rebeca.
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