Marcelo se dirigió a Simón y Frida: —Papá, mamá, ya que ellas no tienen claro quiénes son los dueños de esta casa, que se vayan a descansar una temporada a sus casas. Que regresen cuando lo hayan pensado bien.
Frida asintió de inmediato: —¡Marcelo tiene razón! ¡No necesitamos empleados que no sean leales a los dueños!
Al escuchar esto, todos entraron en pánico y, asustados, comenzaron a suplicar uno por uno: —Señor, señora, por favor no nos despidan, somos inocentes, nosotros…
Mientras todas las miradas de los empleados se dirigían hacia Betina, Liliana dio unos pasos al frente y casi se desplomó frente a Simón, Frida y los demás, con la voz entrecortada: —¡Señor, señora! Fui yo. Fui yo quien no soportó la actitud arrogante de Helena, así que le di una lección en privado. ¡Eso es todo! ¡Estoy dispuesta a aceptar el castigo!
Almendra entrecerró los ojos.
Frida frunció el ceño al escucharla: —¿Y qué hay de Vanessa y Carolina?
Liliana tuvo que continuar inventando su historia a regañadientes.
—Ellas… ellas solo obedecen a Helena, no a mí, así que les di un pequeño castigo. Señor, señora, fue mi error, todo es culpa mía. Por favor, consideren todos los años que he servido fielmente a la familia Reyes y perdónenme esta vez. No volverá a suceder.
Justo cuando Frida, con el ceño fruncido, iba a decir algo ante las palabras de Liliana, Marcelo soltó un «ah» repentino: —Liliana, ¿insinuas que por servir fielmente a la familia Reyes te debemos algo? ¿Acaso la familia Reyes no te ha pagado un sueldo alto? ¿Trabajar para los Reyes no es tu obligación laboral?
Liliana se sobresaltó y, justo cuando iba a explicarse, Marcelo continuó: —Además, tú eres solo una niñera. ¿Desde cuándo tienes tanto poder para disponer a tu antojo de Helena, que tiene tu mismo rango, y amenazar a tantos empleados de la casa? Liliana, te has tomado atribuciones que no te corresponden, ¿eh?
Liliana, aterrorizada, se hizo lo más pequeña posible junto al sofá, luciendo lo más humilde y patética posible.
—Opino que primero hay que aclarar bien qué pasó antes de decidir el castigo. De lo contrario, si se hace al aventón, sería injusto para ti, Liliana —dijo Almendra con una sonrisa que no llegaba a los ojos.
Betina, apretando las manos con fuerza, miró a Almendra con indignación: —Almendra, Liliana es mi nana, después de todo. Ya ha admitido su error y aceptado el castigo, ¿qué más quieres?
Almendra arqueó una ceja: —Estoy buscando justicia para Liliana, ¿por qué te pones nerviosa?
Liliana se moría de ganas de insultarla. ¡Esa Almendra había nacido para ser su pesadilla!
Pero aunque por dentro la odiaba a muerte, por fuera tuvo que poner cara de conmoción total: —Señorita Almendra, agradezco su buena intención, pero lo hago voluntariamente. No quiero causar más problemas por mi culpa.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Los Secretos de la Hija Recuperada