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Los Secretos de la Hija Recuperada romance Capítulo 789

Pero en los últimos años, como la salud de los ancianos no andaba muy bien, Dante y Marisol pasaban la mayor parte del tiempo allí, mientras Luis andaba por su lado.

Marisol escuchó el alboroto afuera y fue la primera en salir corriendo, seguida por Luis.

—Frida, Simón, llegaron.

Detrás de ellos venían varios guardaespaldas, además de Cristian y Marcelo, todos cargando regalos hasta el tope, mucho más exagerado que lo que Dante y Marisol llevaron ayer a casa de los Reyes.

Y eso que a Simón le parecía poco; siendo la primera vez que venían a reconocer a la familia, tampoco querían exagerar para no causar el efecto contrario.

Al fin y al cabo, a la familia Tapia no le faltaban estas cosas.

—Cuñada.

—Papá y mamá llevan un buen rato esperándolos.

Dicho esto, jaló a Almendra:

—Alme, tus abuelos mueren por verte.

Marcelo puso cara de celos:

—Tía, ¿y a nosotros no nos quieren ver los abuelos?

Marisol soltó una carcajada:

—Claro que sí, pero Alme va primero que ustedes.

Cristian y Marcelo se miraron... Bueno, era justo, su hermana debía ir primero.

Entre risas, Marisol miró detrás de ellos y se sorprendió al no ver a Betina.

Preguntó con extrañeza: —¿Y Betina? ¿Por qué no vino?

Frida sonrió con incomodidad:

—Ella... le daba un poco de pena, así que hoy no la trajimos. La próxima vez vendrá a saludar.

Luis por fin se calmó y extendió la mano formalmente para invitarlos a pasar.

En la sala principal, las puertas y ventanas de madera tallada lucían clásicas y elegantes; el sol entraba a través de los cristales, proyectando sombras moteadas.

El suelo de piedra pulida brillaba con el paso del tiempo. En el centro había una mesa robusta con un juego de té y café perfectamente ordenado.

A los lados, sillas de madera fina con respaldos tallados. En las paredes colgaban varias pinturas al óleo que le daban un toque de distinción al lugar.

Un anciano de cabello blanco, vestido con un traje sastre azul marino impecable, estaba sentado rígidamente en una de las sillas de madera. El traje tenía bordados discretos en hilo de plata que brillaban con el movimiento.

Su cabello blanco estaba peinado hacia atrás, cada hebra parecía un rastro del tiempo; las arrugas en su rostro eran como surcos profundos, pero no ocultaban el vigor en sus ojos, como si guardaran historias infinitas.

A su lado, la anciana también llamaba la atención. Su cabello blanco estaba recogido en un chongo elegante sujeto con un broche antiguo. Llevaba un conjunto sastre color vino con bordados de flores, sobrio y distinguido. El tiempo había dejado huella en su rostro, pero su sonrisa suave era como la brisa de primavera, llena de amor y paz.

Dante, de traje negro, estaba sentado acompañándolos. Al ver entrar al grupo, Ezequiel primero resopló y miró a Frida con tono molesto:

—Mocosa malagradecida, ¿hasta ahora se te ocurre traer a tu manada de lobatos?

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