Al escuchar a Marisol mencionar a Almendra, la expresión de Kian se transformó en pura ira.
—¿Cómo iba yo a saber que una mocosa salida de un pueblo perdido tendría el respaldo de la familia Ortega? ¡Si lo hubiera sabido, jamás habría dejado que Isidora se metiera con ella!
—Lo que dice el señor Vargas no es correcto.
De repente, Simón y Frida salieron también.
Kian no esperaba verlos allí y se quedó pasmado. Después de todo, Frida había cortado lazos con los Tapia hacía décadas. ¿Qué hacían aquí hoy?
—Aunque fuera una estudiante universitaria común y corriente, sin nadie que la respaldara, ¿eso les da derecho a intimidarla a su antojo? —dijo Frida con el rostro lleno de indignación.
Menos mal que Fabián estaba con Almendra en el coche en ese momento, y menos mal que Alme sabía defenderse. De lo contrario, ¿cómo habría podido una chica de dieciocho años enfrentarse a esos secuestradores? ¡Eran unos criminales sin ley!
Kian bajó la cabeza, avergonzado por el regaño, pero de pronto se le ocurrió algo y miró a la pareja.
—Señor Simón, señora Reyes, no digan que no se los advertí. Fabián y esa tal Almendra tienen una relación inusual. No vaya a ser que les roben al yerno en sus narices y ni cuenta se den.
Al ver la expresión de regocijo malicioso de Kian, Simón y Frida se echaron a reír.
—¿Ni siquiera puedes arreglar tus propios problemas y ya quieres meterte en los ajenos?
Marisol sentía una vergüenza ajena insoportable y dijo con desprecio:
—Vete ya, busca a Santiago. ¡Nosotros no podemos hacer nada con tus asuntos, y tampoco nos interesa!
Kian pataleó del coraje.
—¡Marisol!
—Kian, te lo advierto, este no es lugar para que vengas a gritonear. ¡Lárgate ahora mismo!
El temperamento de Marisol también se encendió.

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