Susana se quedó de piedra. Su cara se puso blanca como el papel.
—Oficiales… ¿no habrá un error? —preguntó con voz temblorosa, poniendo cara de niña asustada.
Los estudiantes en la cafetería se asomaron curiosos para no perderse ni un detalle del chisme.
—¿Esa no es Susana, la de nuestro salón?
—Sí, la que está enferma. Ni siquiera fue al entrenamiento. ¿Por qué la busca la policía?
—Quién sabe. Dicen que su hermano estaba muy grave y su familia la obligó a donarle un riñón. Pobrecita, es muy sufrida. A saber qué pasó.
Los policías escucharon los comentarios, pero el denunciante tenía pruebas sólidas. Esa estudiante había estado echando basura en internet contra la víctima con palabras tan viles que hasta ellos se habían indignado al leerlas.
—Si es un malentendido o no, se aclarará si nos acompaña.
En ese momento, Susana no tuvo que pensar mucho para saber que Almendra la había denunciado.
¡Maldita Almendra! ¿De verdad llamó a la policía?
¿Creía que la comandancia era su casa para llamar cuando se le diera la gana? ¡Qué coraje!
—Pero… tengo una clase muy importante ahorita, no puedo faltar —dijo Susana con los ojos llorosos, mirando a los oficiales con súplica.
Los policías lo pensaron un momento:
—Entonces resolveremos esto aquí en la escuela. Vamos a la oficina de asuntos académicos y que los maestros sirvan de testigos.
—Oficiales, Susana está delicada de salud, no la asusten. ¿Qué fue lo que pasó?
Mireya se acercó con su bandeja. Desde que Elvira se fue, se había quedado sin aliadas. Susana parecía odiar a Almendra también, así que pensó que podrían ser amigas.
Susana no quería hacer un escándalo, sobre todo porque Almendra tenía las pruebas en la mano.
—Gracias, Mireya. Mejor voy con los oficiales para aclarar todo.

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