—¿Qué maldita cosa hiciste para tener la conciencia tan sucia? ¿Verme te asusta tanto?
Una voz burlona y fría resonó, haciendo que Susana, que estaba histérica, se congelara al instante.
—Mírate, qué lamentable te ves. ¿Qué cosa turbia anduviste haciendo?
Ulises se acercó a Susana riendo con sorna.
Los nervios de Susana, que apenas se habían relajado, volvieron a tensarse al ver a Ulises.
—Tú... ¿qué haces aquí? —su voz sonaba ronca y poco clara.
Ulises soltó un bufido, caminó hacia la pared y encendió la luz.
Al instante, la habitación se iluminó.
Todo lo que se veía era lujo.
—Susana, te escondes muy bien, ¿eh? Conseguiste una villa tan grande y ni siquiera me avisaste, dejándome dormir en la calle. ¡Eres una malagradecida sin corazón!
Los ojos de Ulises estaban llenos de codicia.
Si hubiera sabido que Susana tenía una villa tan grande vacía, se habría mudado hace mucho tiempo.
Susana no esperaba que Ulises encontrara este lugar.
De repente, recordó que Almendra le había preguntado antes si vivía cómoda en la villa.
¿Habrá sido Almendra?
¡Seguro fue ella!
Esa maldita de Almendra, como no soporta verla bien, le contó lo de la villa a Ulises para que este apostador viniera a fastidiarla.
¡Qué despreciable! ¡Es demasiado despreciable!
—Esta... esta no es mi casa, ¡es de Braulio! ¡Solo me la prestó!
—¡Mocosa! ¿Crees que soy estúpido? ¡Mandé a checar y esta villa está a tu nombre!
Susana dejó caer los hombros con impotencia y cerró los ojos pesadamente.
¿Por qué?
¿Por qué el destino tenía que torturarla así?
¿Qué error cometió?
¿Por qué le tocó un padrastro apostador como este?
—¿No habías ido a buscar a tu hija biológica? ¡Para qué sigues acosándome! —gritó de repente.

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