Gavilán Gris se burló:
—Estás a punto de morir, ¿y todavía te pones gallito?
Fabián alzó los párpados y lo miró como quien mira a un cadáver:
—¿Seguro que los muertos no serán ustedes?
Apenas terminó la frase, un sonido sordo y potente retumbó en el cielo. Al principio parecía un trueno lejano, pero en un abrir y cerrar de ojos, el estruendo se amplificó.
Gavilán Gris y sus hombres miraron hacia arriba, atónitos.
Decenas de helicópteros, como águilas de acero, rasgaban la noche dirigiéndose a toda velocidad hacia el crucero.
Los reflectores de las naves iluminaron el mar como si fuera de día. Columnas de luz blanca se cruzaban sobre el agua negra, disipando las sombras.
—Eso es… es la Unión de Cuchillos…
Gavilán Gris miró incrédulo el emblema en los costados de las naves que se acercaban. No podía articular palabra.
La Unión de Cuchillos era la organización de mercenarios más grande, poderosa y misteriosa del mundo. ¿Qué hacían aquí?
Irónicamente, Gavilán Gris era un «fan» de la Unión de Cuchillos; como ellos ni lo topaban, él se había inventado su propio apodo para sonar igual de rudo.
Las hélices giraban furiosamente, levantando olas blancas en el mar. El ruido era ensordecedor. Los helicópteros se mantuvieron estables sobre el crucero, lanzaron cuerdas y, uno tras otro, mercenarios con trajes de combate táctico descendieron con fluidez, aterrizando en la cubierta y rodeando a la gente de Gavilán Gris en segundos.
Ahora sí, a Gavilán Gris le temblaron las piernas de verdad. Apenas podía mantenerse en pie.
—Fa… Fabián… ¿tú… tú los contrataste?
Hasta donde sabía, a la Unión de Cuchillos no la contrataba cualquiera; solían tener gobiernos detrás. Fabián ya no era militar, solo un empresario. Además, estaban en aguas internacionales. ¿Cómo diablos había logrado esto?
Almendra, que había recuperado un poco la lucidez tras tomar la medicina, miró desde los brazos de Fabián y reconoció una silueta familiar.
¿El Líder Camilo? ¿Fabián logró traerlo a él también?
Fabián ignoró a Gavilán Gris. Levantó a Almendra con sumo cuidado, miró a los enemigos como si fueran hormigas y ordenó con voz neutra:
—Redúzcanlos, amárrenlos y sáquenlos del barco. A los cabecillas, los quiero vivos para que hablen.
Se atrevieron a lastimar a su Alme. ¡Merecían la muerte!
Gavilán Gris pensó que era una amenaza vacía, pero la frialdad de Fabián los aterrorizó.
—¡No! ¡Espere! ¡Señor Fabián! ¡Hablaré! El chico que buscan está en el crucero, no le hicimos nada, lo juro.
Gavilán Gris estaba tan asustado que se orinó en los pantalones. Se arrepentía de todo. ¡Maldita sea la hora en que aceptó ese trato con Saulo!
Fabián entornó los ojos:
—¿Y qué más?


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