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Mamá, ¿por qué llora ese hombre? romance Capítulo 12

Yara asintió y sacó los documentos que ya tenía preparados.

Sebastián dio un par de pasos, se detuvo y miró a Diana por encima del hombro.

—Tú también vienes.

Diana se señaló a sí misma, sin poder creerlo.

—¿Yo?

Sebastián frunció el ceño imperceptiblemente y asintió.

Yara dudó un segundo. Ese proyecto se lo había asignado directamente Doña Melba Salvatierra.

De no ser por eso, conociendo el carácter de Sebastián, jamás la habría llevado a una reunión de negocios.

Y ahora, Diana, que acababa de entrar, también iría.

Quedaba claro que estaba ansioso por obligarla a renunciar.

Además de que no quería ir a solas con ella para evitar que Valeria sintiera celos.

Estaba matando dos pájaros de un tiro.

Diana corrió para alcanzar a Yara, mirando la espalda de Sebastián con los ojos brillando de admiración.

Sebastián le entregó las llaves a Yara.

—Tú conduces.

Yara abrió la puerta del piloto, pero al ir a sentarse, vio un pequeño espejo y un lápiz labial en la consola central.

El auto estaba impregnado de un perfume dulce, casi empalagoso.

No hacía falta ser un genio para saber a quién le pertenecían esas cosas.

Sintió como si le hubieran vertido ácido por la garganta; le quemaba las entrañas.

Diana se subió al asiento del copiloto y, al ver a Yara mirando fijamente la consola, preguntó:

—¿Pasa algo?

Yara volvió a la realidad y subió al coche.

—Nada.

Sebastián iba en el asiento trasero.

El trayecto transcurrió en absoluto silencio.

Al llegar al lugar acordado, entraron al salón privado.

Ricardo Centurión ya los esperaba en la mesa. Al ver entrar a Sebastián y a las mujeres, se levantó de inmediato.

—Mis disculpas, Señor Centurión. Surgió un imprevisto esta mañana.

Aunque Sebastián se estaba disculpando, su rostro no mostraba la más mínima pisca de arrepentimiento.

Con su estatus, el Señor Centurión no se atrevía a recriminarle nada, así que sonrió complaciente.

—El Señor Salvatierra es un hombre muy ocupado. Lo entiendo perfectamente.

Yara, manteniendo su impecable sonrisa profesional, alzó una mano para presentar a Diana.

—Señor Centurión, le presento a la Secretaria Diana. Ella será quien tome mi lugar de ahora en adelante.

Al escuchar eso, tanto la mirada del cliente como la de Sebastián se clavaron en ella.

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