—De lo contrario, me darán una bofetada cada uno hasta matarme. Señora Serena, hay muchas personas dispuestas a respaldar a Inés. Además de usted, también está Aldana.
Al escuchar el nombre de Aldana, la expresión de Serena finalmente se suavizó un poco.
Si bien temía que los familiares de él actuaran con favoritismo, nunca dudaría de que Aldana siempre defendería a Inés.
Con Aldana como el escudo protector de Inés, podía estar tranquila.
—¿Cuáles son sus planes ahora? —Serena sentía que la cabeza le daba vueltas; se frotó las sienes y le recordó—: Joven Zavala, usted ya está rondando los treinta, mientras que Inés apenas tiene diecinueve...
—Cof, cof. —Al llegar a ese punto, Wilfredo se aclaró la garganta y respondió en voz baja—: Yo me adaptaré a los estudios y a la vida de Inés. Si quiere hacer una maestría, un doctorado, o incluso estudiar en el extranjero, yo estaré de acuerdo y la apoyaré incondicionalmente. Tendremos un noviazgo con miras al matrimonio, y usted puede ponerme a prueba todo ese tiempo. Si no cumplo con las expectativas, puede decirle a Inés que me deje en cualquier momento.
—Una maestría y un doctorado implican unos siete u ocho años más de estudios —señaló Serena captando el punto clave, con voz ronca—. Joven Zavala, ¿está dispuesto a esperar tanto?
—Por supuesto. —Wilfredo sonrió ligeramente, miró a Inés y soltó una carcajada amarga—: Antes de conocerla, ya me había hecho a la idea de quedarme solo el resto de mi vida. Pensaba que, cuando fuera viejo, adoptaría al hijo de alguno de mis hermanos para que cuidara de mí.
Los demás hermanos: ¿?
Inés: ¿?
Serena apretó los labios, y por poco se le escapa una sonrisa.
Menos mal que el señor Lucero no había escuchado eso. Si Aldana llegaba a tener un bebé en el futuro, seguramente pondrían a Wilfredo en la lista negra de peligro número uno.
—Levántense los dos. —Serena negó con la cabeza con resignación y les dijo—: Ya son adultos, deben tomar sus propias decisiones en asuntos del corazón. A Inés le gustas y yo no quiero romperle el corazón.
Serena miró fijamente a Wilfredo y le habló con tono solemne:
—Solo tengo una condición: si en el futuro dejas de amarla, no le grites ni la maltrates; simplemente devuélvela a mi lado.
—Mamá... —Inés se arrojó a los brazos de su madre y la abrazó con fuerza.
—Desde que eras pequeña, siempre te he apoyado en todo lo que quieres hacer. —Serena le dio unas suaves palmaditas en el rostro a su hija y la consoló con cariño—: Inés, eres una joven con mucho criterio. Mamá confía en que no te equivocarás en tu elección.
Además, el joven Zavala no era un mal hombre.


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