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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1816

—¡Hermano, yo...!

Héctor marcó por tercera vez, decidido a compartir su alegría con Rogelio.

—No hables todavía. Toma tus muletas y ve al baño —lo interrumpió Rogelio, con un tono lánguido y profundo.

—¿Por qué? —Héctor no entendía nada.

—No te preocupes por eso —Rogelio cambió de mano el teléfono y dijo sin prisa—: Cuando llegues al baño, abre la llave, lávate la cara y mírate al espejo. Cuando estés lúcido, vuelve a llamarme.

—¡Hermano!

Comprendiendo la indirecta, la comisura de los labios de Héctor tembló: —De verdad, me aceptó. La boda será en seis meses.

—Ah —Rogelio se quedó pensando unos segundos y, de pronto, preguntó con pereza—: ¿Le apuntaste a Gilda a la cabeza con una pistola para obligarla a aceptar?

—¡Hermano, soy tu hermano de sangre! —Héctor casi se desmaya del coraje y subió el tono de voz por la frustración—. ¿No cabe la posibilidad de que Gilda me ame tanto que por eso quiere casarse conmigo?

No era tan mal partido, ¿o sí?

—Je —Rogelio, tras burlarse, curvó ligeramente los labios y adoptó un tono serio—: Bien hecho, muchacho. Han avanzado rápido.

—Estos seis meses me portaré de maravilla, no le daré a Gilda ninguna oportunidad de arrepentirse —dijo Héctor. Miró de reojo a la joven, que estaba sentada con las piernas cruzadas en el sofá del salón, y sus ojos se llenaron de amor—: Hermano, ¿podrías enviarme todos los procedimientos para la boda? Solo faltan seis meses y el tiempo apremia, tengo que empezar a prepararlo todo.

—¿Tus abuelos y tus padres ya lo saben? —preguntó Rogelio.

—A los abuelos ni se diga, y a mis papás ya les cae muy bien Gilda.

Incluso la última vez en el hospital, su querida madre, enojada, había soltado que Gilda debía estar ciega para fijarse en él.

Antes no era así en absoluto.

Últimamente, se llevaban de maravilla, y su madre hasta se había inscrito en las clases de artes marciales en el estudio de Gilda.

Él parecía el hijastro odiado por su madrastra.

—Con que lo sepan está bien —le aconsejó Rogelio—. A las mujeres no se les debe hacer pasar ninguna injusticia, ¿entiendes?

—Claro que no —Doña Elvia recuperó la compostura y respondió con seriedad—: Es solo que de pronto siento que no eres digno de Gilda.

Últimamente, había estado viendo muchos videos de los rescates en los que participó Gilda.

Cada uno de ellos era emocionante e inspiraba un profundo respeto. Incluso altos mandatarios de distintos países la habían recibido en persona.

Era impresionante.

Doña Elvia aplaudía de pura emoción cada vez que veía esos videos.

¿Cómo podía existir una mujer tan ruda, hermosa y genial?

Al pensar en cómo se había dejado engañar por Alondra y estuvo a punto de perder a una nuera tan increíble, se despertaba a medianoche a reprocharse a sí misma.

¡Maldita sea!

Al oír eso, Héctor se quedó perplejo: —Ah, no... ¿Se le olvidó que soy su hijo biológico?

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