¿Desde cuándo eres tan experto en decir cosas románticas?
Aldana se echó hacia atrás, esquivando el beso del hombre, y lo miró fijamente con sus ojos estrellados. —¿Acaso el señor Rogelio tomó un curso a mis espaldas?
—¿Te gusta?
Rogelio la tomó por su fina cintura, acercándola de nuevo a él y rozando su nariz contra la mejilla de ella.
El hombre acababa de salir de la ducha; las gotas de agua caían desde su cabello sobre las afiladas líneas de su rostro, y a través de su fina pijama de seda se sentía el calor de su cuerpo.
—Supongo.
Aldana alzó una ceja con una sonrisa pícara, se inclinó y le dio un rápido beso en los labios. —¿Quieres jugar un juego hoy?
—¿Eh?
Rogelio quedó cautivado al instante. Su mirada se volvió peligrosamente intensa y su voz se tornó ronca: —¿Qué clase de juego?
—Vamos a la habitación.
Aldana escondió el rostro en el pecho del hombre y le mordió suavemente a través de la pijama.
—¡Ay!
Rogelio frunció el ceño, la levantó en brazos sin dudarlo y caminó a paso rápido hacia el dormitorio.
***
Aldana empujó al hombre sobre la cama, se dio la vuelta y se subió encima de él.
Mmm...
¿Cómo decirlo?
El señor Rogelio quedó sumamente satisfecho con el juego, y dejó muy claro que en el futuro habría muchas más «actividades» de este tipo.
***
Agotada por la intensidad del día y de la noche, Aldana durmió profundamente hasta las doce del mediodía y despertó de sobresalto.
Se le había olvidado por completo responderle al profesor Plácido.
Se incorporó a duras penas, sintiendo el cansancio en los huesos, y empezó a buscar su teléfono por todas partes.
—Ya le respondí por ti.
Rogelio salió del baño y, al verla con el cabello alborotado como un pequeño erizo, esbozó una ligera sonrisa.
—Ah.

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