¿Mhm?
Rogelio se quedó helado por unos segundos, y un destello de culpa pasó por sus ojos.
—Ocupado pensando en ti, ¿eso cuenta?
Justo como lo suponía; el muy cínico intentaba ocultárselo.
Desgraciado.
—¿Ah, sí?
Aldana levantó la mirada y esbozó una sonrisa displicente.
—Pues sigue pensando.
—¿Estás de mal humor? —Al notar que algo andaba mal, el tono de Rogelio se volvió serio—. ¿Quién te hizo enojar?
—Hay mucha gente que me hace enojar.
Aldana clavó sus ojos en el hombre, entornando levemente su mirada estrellada.
¿?
La sonrisa desapareció por completo del rostro de Rogelio. ¿A qué se refería con que «mucha gente» la hacía enojar?
¿Acaso alguien estaba intentando coquetear con ella ahora que él no estaba cerca?
—Tengo sueño.
Sin ganas de lidiar con la expresión complicada del hombre, Aldana cortó la llamada directamente.
Y de paso, apagó el celular.
Al no poder contactarla, a Rogelio no le quedó más remedio que llamar al profesor Plácido.
—¿Sr. Rogelio? —El profesor Plácido casi da un salto al contestar el teléfono.
—¿No hay nadie raro rondando a la Srta. Carrillo? —El profesor Plácido no entendía nada. ¿Acaso estaba marcando territorio?
Seguramente era eso.
Porque él acababa de hablar con su esposa y lo había interrogado minuciosamente.
Bah.
A su edad, con este cuerpo desgastado y esta cara arrugada...
¿Quién se fijaría en él?
Su esposa solo lo decía en broma, pero el Sr. Rogelio parecía hablar completamente en serio.
—No hay nadie más. —El profesor Plácido no se atrevió a decir tonterías y midió cada palabra—: Sr. Rogelio, quédese tranquilo. Nuestra Srta. Carrillo no es alguien que se fije en cualquiera.
—Entonces, ¿ha pasado algo más? —volvió a preguntar Rogelio.
—Me parece que tampoco.
El profesor Plácido lo pensó y respondió:
—La Srta. Carrillo se pasa los días entre el hotel y el lugar de la competencia. Tampoco ha tenido conflictos con nadie.
—Sr. Rogelio, ¿sucede algo malo?
—No es nada.
Rogelio soltó un suspiro de alivio, las comisuras de sus labios se elevaron levemente y dijo con voz relajada:
—Debe ser que mi chica me extraña demasiado y está haciendo un berrinche.
—Sí, sí, exacto —estuvo de acuerdo el profesor Plácido.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector