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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1667

Pero cuanto más distante era, más fascinante le parecía.

Era cautivadora.

—Ahora que la encontré, tendré muchas oportunidades para acercarme. —Máximo enarcó una ceja, con una leve sonrisa en los labios—. Vámonos, no hagamos que mi padre se preocupe.

***

En el auto, de regreso.

Gilda iba recargada en el asiento izquierdo, con los ojos cerrados, luciendo un poco exhausta.

Héctor, sentado a la derecha, la miraba de reojo.

Finalmente no aguantó más y soltó:

—Entrenadora Gilda, ¿eso que dijo el señor Máximo de que lo abrazaste fue cierto?

Gilda abrió los ojos lentamente. Sus irises oscuros se clavaron en él.

—¿Por qué preguntas?

—Solo... solo tenía curiosidad. —Héctor tragó saliva, sintiéndose atrapado.

—Ah. —Gilda volvió a cerrar los ojos—. No es asunto tuyo. No preguntes.

...

Héctor hizo un puchero de frustración y miró por la ventana.

Si no se lo quería contar, no importaba.

Lo investigaría él mismo.

***

Esa misma noche.

Héctor revisó todos los expedientes del Caso de Secuestro.

Máximo había sido el último de los rehenes en ser rescatado. Él y Gilda habían caído al agua bajo el puente, y estuvieron ahí tres días enteros.

Los equipos de rescate creyeron que ambos estaban muertos.

Pero justo cuando estaban a punto de cancelar la búsqueda, Gilda apareció, más pálida que un fantasma, cargando en su espalda a un Máximo que estaba medio muerto.

Más tarde se supo que Máximo había resultado herido y estaba sufriendo de hipotermia grave, por lo que Gilda lo abrazó durante toda la noche para darle calor.

Al día siguiente, utilizó sus últimas fuerzas para sacarlo del lodo.

Si no fuera por Gilda, Máximo habría muerto.

—Uf. —Héctor terminó de leer todo, se desplomó agotado en la silla y se rascó la cabeza, con mil pensamientos cruzándose por su mente.

Con razón Máximo la miraba así.

—¿Qué mosca le picó? —Doña Elvia frunció el ceño y salió al balcón para mirar.

Una de las empleadas le informó:

—Me parece que hay una chica esperando al joven en la entrada.

—¿Una chica? —Doña Elvia asomó la cabeza y, efectivamente, vio a Héctor charlando con una joven.

A esa muchacha la conocía perfectamente. Era la misma con la que los paparazzi lo habían fotografiado antes.

¡Qué descaro!

Aún sin tener la aprobación de la familia, la tipa se atrevía a presentarse en su puerta.

Eso era una total falta de respeto a la familia Lucero.

—Señora, ¿quiere que salga a decir algo? —preguntó la empleada con cautela.

—No. —Doña Elvia negó con la cabeza, con expresión severa—. Ella es la asistente de Gilda. Seguro que Héctor entró a trabajar a ese gimnasio solo por ella.

—Haz algo por mí. Invita a la señorita Gilda a cenar.

Si lograba que Gilda lo despidiera, solucionar el problema con la chiquilla sería pan comido.

—Enseguida. —La empleada fue a hacer la llamada—. Señora, la cena quedó confirmada para las siete de la noche.

—Perfecto. —Doña Elvia sonrió con complacencia—. Estoy segura de que la señorita Gilda será razonable y entenderá la situación.

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