Entonces.
La mujer a su lado debía ser el objetivo que buscaba la señorita Valeriano.
¿Quién era ella?
Con eso en mente.
El paparazzi sacó su celular de inmediato para investigar el estudio.
Lo que descubrió lo dejó helado.
La foto de la dueña legal era exactamente igual a la mujer que acababa de ver.
¿Gilda?
Si no recordaba mal, esa mujer era la hermana de Aldana Carrillo.
Aunque nunca se las había visto juntas, alguien había filtrado la información durante la última competencia de artes marciales, y el chisme había corrido como pólvora.
Mirándolo bien.
Sí que se parecían un poco.
Compartir algunos rasgos con la belleza despampanante de la señorita Carrillo no era poca cosa.
Un momento.
Si esto era cierto, Rogelio y Héctor eran hermanos.
Gilda y Aldana eran hermanas.
Esto, esto, esto...
¿Sabría el mismísimo don Rogelio que pasaría de ser el cuñado mayor a ser el cuñado menor?
Y no solo eso.
Si publicaba las fotos, la familia Lucero y la fiera de Aldana lo harían pedazos.
Un buen paparazzi sabe cuándo retirarse para salvar el pellejo.
Lo meditó un instante.
Eliminó todos los videos y fotos en silencio, y llamó a Alondra Valeriano:
—Lo siento, señorita Alondra. No puedo hacer este trabajo, busque a alguien más.
Alondra frunció el ceño:
—¿Por qué? ¿No te estoy pagando lo suficiente?
—Ehh...
El paparazzi apretó los puños con rostro sombrío:
—Simplemente no puedo aceptarlo. Adiós.
Colgó antes de que ella pudiera responder.
Ni loco.
Si hubiera sido una mujer cualquiera sin poder ni conexiones, no le habría importado.
¡Pero era Gilda! ¡La hermana de Aldana y de Leonardo Valencia!
Todavía valoraba su vida y quería seguir trabajando en la industria.
***
—¿Aló?
Al escuchar el tono de fin de llamada, Alondra casi estrella el celular contra la pared.
¿Por qué el paparazzi cancelaba de buenas a primeras?
—En ese caso, también quiero unas galletas.
—Te las compro. ¡Come todo lo que quieras! —aseguró él.
—Jeje. —Dalia soltó una risita.
***
Al mediodía.
Tras finalizar la sesión matutina, Gilda miró a su alrededor y notó que Héctor no estaba.
Se había acostumbrado tanto a verlo cada vez que volteaba, que su ausencia la extrañó.
—Entrenadora Gilda, el joven Héctor fue a cocinar —anunció Dalia enseguida—. Ya me llega el olor a comida. Quién sabe si sabrá tan bien como huele.
—Vamos a probar —sugirió Gilda, esbozando una sonrisa.
—Me da un poco de vergüenza —dijo Dalia limpiándose la baba antes de seguirla a toda prisa.
De todos modos, él la había invitado antes, así que no se sentiría como un mal tercio.
***
En el comedor.
Dalia tenía la cabeza baja y comía en silencio.
Pero de vez en cuando alzaba la vista para espiar a la pareja frente a ella.
Héctor estaba pelando camarones para Gilda.
Por cada uno que pelaba, ella lo aceptaba con naturalidad.
Llegaron a tal nivel de coordinación que él comenzó a darle los camarones directamente en la boca.

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