En el ático.
La habitación contaba con ventanales de cristal polarizado; desde adentro se podía ver perfectamente todo lo que ocurría en la planta baja, pero desde afuera era imposible mirar hacia el interior.
Cuando Aldana y los demás llegaron, Don Segundo y su esposa ya estaban acomodados en el lugar.
Elvia estaba prácticamente pegada al cristal, observando hacia abajo con inmenso interés.
Al escuchar la puerta, se acomodó rápidamente la ropa, recuperando la compostura, y saludó a los recién llegados:
—Cuñados.
Aunque en el fondo todavía le resentía que sus suegros tuvieran a Feliciano y Brunilda como sus «favoritos», los modales siempre iban por delante.
—Siéntense.
Feliciano asintió con cortesía y le acercó una silla a Brunilda.
—Tío, tía —saludó Aldana con suavidad.
Tras los saludos de rigor, se acercó al gran ventanal y miró hacia el salón principal.
Una comitiva inmensa acababa de atravesar las puertas.
Al frente iba un anciano de cabello blanco, vestido con una elegante camisa de lino bordada, apoyándose en un bastón.
Detrás de él caminaban un hombre y una mujer un poco más jóvenes; evidentemente, los padres de Alondra.
Los Valeriano no escatimaron. Llevaban un desfile de cajas y regalos que los sirvientes apenas terminaban de acomodar.
Por la magnitud del despliegue, cualquiera que no supiera el contexto pensaría que venían a pedir un favor colosal o, peor aún, a exigir explicaciones.
—Ven, siéntate un rato.
Rogelio acomodó una silla de felpa justo detrás de su esposa.
—¿Qué quieres picar? Te saco lo que se te antoje de la bolsa.
—Ese —Aldana señaló distraídamente un paquete que asomaba en el borde—.
El snack de chocolate.
Rogelio se quedó rígido.
¡¿No era ese el infame snack que estaba «tan rico que si tu marido se cae muerto ni te enteras»?!
Ay, Dios.
Parecía que su esposa todavía estaba un poco enojada por su comentario inapropiado de hace un rato.
Definitivamente iba a tener que consentirla el triple esta noche.
***
En la planta baja.
La sonrisa de Doña Regina se borró de golpe. ¡¿Acaso la señora lo hacía a propósito?!
Doña Marcela era conocida en toda la élite como la reina del chisme; no había escándalo que pasara desapercibido en su radar.
Era imposible que no supiera del huracán mediático que rodeaba a Alondra.
—Ehm... —Doña Regina soltó una risita nerviosa, tropezando con sus propias palabras—. Alondra sufrió un impacto emocional muy fuerte. No se ha sentido bien de salud y está descansando en casa.
»En cuanto se recupere, vendrá ella misma a presentarles sus respetos.
—¿Un impacto emocional? —Al escuchar eso, los ojos de Doña Marcela brillaron con fingido desconcierto—. Qué raro. Por lo que he visto, no parecía el tipo de chica que se asusta con facilidad.
La maldita niña había tenido el descaro de contratar sicarios.
¡Las que deberían estar traumatizadas eran las víctimas!
Doña Regina volvió a quedarse muda, su rostro palideciendo hasta adquirir un tono grisáceo.
—Bueno, bueno —intervino Don Ignacio rápidamente, tomando del brazo a su esposa para calmar las aguas—. ¡Que sirvan el té! ¡Que sirvan el té!
Doña Marcela le clavó una mirada asesina a su marido, pero finalmente decidió no lanzar más dardos venenosos hacia los Valeriano.
...
En el ático.
Observando la escena desde arriba, los labios de Aldana se curvaron en una sutil y hermosa sonrisa.

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