Doña Elvia se tapó la boca de inmediato y siguió a la camilla en silencio hasta la habitación.
En el pasillo solo quedaron el cirujano, Aldana, Rogelio y Gilda.
—¿Podría darme los detalles exactos de su estado? —pidió Aldana en voz baja—. Preferiblemente con las radiografías originales.
—Por supuesto —el doctor le hizo un ademán cortés—. Acompáñeme, por favor.
—Aldi... —Gilda al fin reaccionó, aunque aún se veía aturdida—. Iré a ver a Héctor primero.
—Ve —Aldana asintió, añadiendo en tono tranquilizador—: No te preocupes, yo me encargo de esto.
Gilda forzó una media sonrisa.
—De acuerdo.
***
En el consultorio.
Aldana revisaba minuciosamente cada informe de los estudios de Héctor.
Como había llegado por una emergencia, los análisis se habían hecho con mucha prisa.
Por lo que revelaban las imágenes disponibles, Héctor tenía fracturas en la caja torácica y en el coxis.
Además de otras lesiones menos severas...
—Queremos trasladarlo mañana a la capital —murmuró Aldana con el ceño fruncido.
En el Submundo contaban con equipos médicos mucho más avanzados.
Necesitaba confirmar con absoluta precisión la gravedad de las fracturas.
***
Afuera de la habitación.
Gilda permanecía en el pasillo, observando a Héctor tendido en la cama, con el corazón destrozado.
Deseaba profundamente entrar a verlo.
Pero sabía que si lo hacía en ese momento, Elvia perdería los estribos.
Gilda esperó afuera todo el tiempo, hasta que Rogelio encontró la manera de convencer a los padres de retirarse a descansar.
Eran las tres de la madrugada.
Gilda empujó suavemente la puerta y se acercó a la cama de Héctor.
Se sentó a su lado, sin despegar los ojos de su rostro pálido.
Hacía solo unas horas habían hecho una videollamada, ¿cómo era posible que ahora estuviera así?
Él había hecho mucho, se había sacrificado muchísimo por ella.
Quería corresponderle aunque fuera un poco.
—Y si... —Aldana se recargó contra la pared, mirándola con intensidad—, y si Héctor de verdad no vuelve a caminar el resto de su vida...
—Eso no pasará —Gilda apretó los labios, y mirando fijamente a Aldana, articuló cada palabra con firmeza—: Pero si llegara a pasar, tampoco lo abandonaría.
—Si sus piernas no funcionan, yo seré sus piernas.
Aldana la observó en silencio por unos segundos y asintió levemente.
—Por la noche hace frío, toma este abrigo —le ofreció—. Llámame a cualquier hora si pasa algo.
—Lo haré —respondió Gilda.
Justo después, al levantar la mirada, vio salir a Don Segundo sosteniendo a una agotada Elvia.
No estaban muy lejos.
Era evidente que habían escuchado la frase: «Si sus piernas no funcionan, yo seré sus piernas».
La expresión de Don Segundo se ablandó conmovida, pero Elvia solo bufó con desdén.
—¡Cualquiera puede decir palabras bonitas!

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Más que una niña: La rebelde y su protector