—¿Quirófano?
Al escuchar esa palabra, Doña Elvia dio un grito desgarrador y se desmayó.
—¡Elvia! ¡Elvia! —Don Segundo la sostuvo de inmediato, dándole pellizcos para intentar que reaccionara.
Reinaba el silencio.
—Iván, Eliseo, cambio de planes. Vayan directo al hospital —ordenó Rogelio con frialdad—. Que alguien suba a mi tía al auto.
—Sí, señor —asintió Eliseo con respeto. Fue un alivio que no la hubieran dejado andar sola, de lo contrario habría caído desmayada en cualquier parte.
***
En el hospital.
Cuando todos llegaron, la cirugía aún no había terminado.
A Doña Elvia le dieron un calmante y poco a poco fue recuperando el conocimiento.
Según los rescatistas, Héctor había recibido un fuerte golpe en la espalda, y cabía la gran posibilidad de que quedara paralítico de la cintura para abajo.
—¿Paralítico? ¿O sea, inválido?
Al escuchar eso, Elvia, que acababa de despertar, estuvo a punto de volver a desmayarse.
—No te alteres, solo es una sospecha. Aún no hay un diagnóstico definitivo —la consoló Don Segundo, con voz ronca—. Confía en mí, Héctor va a estar bien.
—Segundo... ay, Dios mío —lloraba Elvia sin consuelo—. Si a Héctor le pasa algo malo, no quiero seguir viviendo.
Gilda permanecía de pie a un lado, con la mirada clavada en la luz roja del quirófano.
Si alguien se fijaba de cerca, notaría que apretaba con fuerza el llavero de un pequeño zorro negro en la mano.
—Toma algo caliente —le dijo Aldana, entregándole una sopa de pollo. Su voz era muy suave—. Llevas todo el día sin probar bocado, tu cuerpo no va a resistir.
—No tengo hambre —Gilda la miró y respondió con voz rasposa—. De verdad.
Sentía como si tuviera una bola atorada en la garganta que no la dejaba ni respirar.

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