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Más que una niña: La rebelde y su protector romance Capítulo 1845

Lourdes caminaba adelante, y Darío la seguía llevando las bolsas.

No tardó mucho.

La puerta se abrió, y apareció una anciana de cabello blanco.

—¡Señorita Yáñez! ¿Qué sorpresa la trae por aquí? —La anciana se asombró unos segundos—. Pasen, por favor, pasen.

Luego miró a Darío, que venía detrás, y dijo por inercia: —Jo...

¿?

Lourdes se giró, con una expresión de desconcierto.

...

Darío frunció el ceño ligeramente, y la anciana se asustó tanto que casi se muerde la lengua.

Casi descubierta, intentó enmendarlo: —Yo... yo decía que compren menos cosas, que en esta casa no nos falta nada.

—Es un regalo de la señorita, acéptelo —dijo Darío en voz baja—. Hace frío afuera, cuidado con resfriarse.

—¡Oh, sí!

La anciana no se atrevió a decir nada más, temiendo meter la pata.

En realidad, ella no era la verdadera abuela de Darío, sino la niñera que lo había criado.

Hace tres años, el joven amo le dijo que se había enamorado de una muchacha.

Pero que era un poco difícil de conquistar, así que necesitaba que la apoyara.

Nunca imaginó que interpretaría a su «abuela» por tres largos años.

Y, a pesar del esfuerzo del joven amo durante todo ese tiempo, aún no había logrado que lo reconociera oficialmente.

Pobre muchacho.

—Señorita Yáñez, siéntese, por favor. —La anciana se apresuró a sacar algunas botanas y frutas que tenía en casa.

Lourdes echó un vistazo y notó que todas eran sus favoritas.

—Darío nunca sabe cuándo va a venir, así que siempre me tiene estas cosas preparadas por si acaso —comentó la anciana, sonriendo—. ¿Se ha portado bien este muchacho últimamente? Espero que no la haya hecho enojar.

—Se ha portado muy bien. —Lourdes curvó los labios y respondió con voz suave—: Es muy obediente y sabe hacer muy bien su trabajo.

...

Al escuchar el elogio, las comisuras de los labios de Darío se elevaron discretamente.

Pura palabrería.

—Me alegra escuchar eso. —La anciana asintió, satisfecha.

Platicaron un rato más antes de que Lourdes se levantara para irse.

—Señorita Yáñez.

¿La señorita Yáñez ya no lo quería a su lado?

Si el joven amo solo tenía ojos para ella.

Si ella lo rechazaba...

La anciana negó con la cabeza; ni siquiera quería imaginarse en qué estado quedaría el muchacho.

***

En ese momento.

Darío llegó con el coche.

Lourdes se despidió de la mujer, subió al asiento del copiloto y se abrochó el cinturón de seguridad: —Hasta luego, señora.

—Vengan a visitarme más seguido —La anciana se despidió con la mano—. Cuidado en el camino.

Al ver que el auto se alejaba, la sonrisa desapareció de su rostro.

Dio un profundo suspiro, con la mirada cargada de preocupación.

El joven amo lo había sacrificado todo por la señorita Yáñez.

Si en su familia se enteraban...

Era muy probable que todo el Continente de Bravaria se viera envuelto en un baño de sangre.

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